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Monterrey N.L.

CORTINAS DE HUMO

Que pereza, que se acaban las vacaciones, que la vida real ya da patadas. No hace prisioneros el soliviantado presente, a las puertas del nuevo curso que se espera ardiente y mordedor. Incluso con nuestros excelsos líderes de asueto veraniego, la información política se ha ganado un hueco en la atonía general del periodismo de verano, habitual en clichés y naderías a falta de chicha, con todo el mundo tostándose al solecito. Y lo de político es un decir, porque empieza a ser normal la imagen de un miembro del partido del gobierno a la salida de un juzgado. Hay más de tonillo mafioso, ley del silencio, escurrir el bulto o drama penitenciario en la política española actual que política en sí misma. 

No se preocupen, amigos de lo imposible, nuestro gabinete de exteriores tiene  la solución. Cuando el pueblo soberano se pone pesado y bocazas, nada mejor que un truco de magia recurrente y trovadoresco: a falta de decencia política, tenemos Gibraltar. 

No sé hasta que punto están familiarizados con un conflicto que dura unos cuantos siglos, y que es alimento básico de cualquier patriotero troglodita incendiado con cosas de territorio y derechos históricos inherentes a la condición de español  (Y olé). El asunto se nos lleva a la lejana fecha de 1713, cuando, a consecuencia de los tratados unilaterales firmados en la “Paz de Utrech” (que puso fin al conflicto sucesorio por la corona española). El artículo X de dicho tratado se trata de la posesión del puerto, ciudad y castillo de este trocito al sur de la península ibérica, que pasó a manos de la corona británica una vez terminó la guerra de sucesión. El caso es que los españoles tenemos, entre otras cosas, muy mal perder, y el asunto ha sido motivo de enfados varios con los hijos de la Gran Bretaña. 

Sí, unos siglos después seguimos con la tontería, y, de cuando en cuando, alguien se acuerda del peñón de marras. Más de un memo anacrónico siente su España mutilada; su sangre ibérica entra en ebullición cuando se pone a pensar, ungido de españolía de cuarta división, en lo chungo que es que se tome el té con acento de Cádiz. 

Sabedores de la carga ideológica del peñón en la historia reciente de España, no pasa que los gobiernos que pululan por el palacio de la Moncloa (en especial si son afines a cierto nacionalismo centralista poco sano, como el actual gobierno Rajoy) utilicen la cortina de humo favorita del sector más rancio de la sociedad española. El facherío nacional se viene arriba, saca sus banderas (a ser posibles, anticonstitucionales con águila visible) y se va a reclamar a gritos su trocito de tierra amputado. Mientras tanto, todo lo demás, que es mucho, queda tapiado por el muro de la tontería de la que solemos hacer gala los españoles. Eso ha ocurrido este verano. Gibraltar, otra vez, en las portadas de los periódicos, primeras páginas dedicadas a las brabuconadas de patio de colegio de ambos países. Mientras eso ocurría, y más de uno llamaba a la insurrección, la realidad, el terrible retrato de la España del siglo XXI pasa de puntillas ante la mirada de los enervados ciudadanos, que parece que hay un tesoro escondido en el peñón que nos va  a sacar del pozo de mierda en el que estamos metidos hasta el cuello. 

Diré que ciertas reivindicaciones del gobierno español tienen su razón, especialmente sobre la fiscalidad de gibraltareños que viven en territorio español. Lo demás, humo. Gas lacrimógeno para exaltados y trogloditas. Porque no es el momento, no está la situación para machadas. 

Lo triste es que funciona. Se nos conecta esa parte del alma española, tan llena de leyenda y oro, de imperio donde no se ponía el sol. 

Ahora que somos una risa, es justo lo que nos hace falta, una ración de complejo de superioridad. Ya se sabe, en este país se incendian las calles por un pedazo de roca o por un penalti mal pitado. Lo de luchar por lo que es nuestro, por lo visto, es de incivilizados. 

Y el gobierno, tan tranquilo. Muy bien, chavales. 


Santiago Negro   Twitter: @SantiagoNeg 



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