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Monterrey N.L.

LA CALLE DE LOS LECTORES

Mi ciudad llega muy justa a esa definición. Es pequeña, tranquila, con algún que otro problemilla más o menos serio, pero en términos generales, es poco dada a sorpresas. Si preguntan a alguno de sus habitantes, dirán que nunca pasa nada, que es aburrida. Eso es discutible, claro, y depende de la perspectiva o conexión con el día a día, pero, siendo justos, no es un cúmulo de aventuras urbanas sin fin.

Son siglos de historia, condensados en un hermoso casco antiguo de origen árabe, de callejuelas imposibles, estrechas, misteriosas, un regalo para los sentidos, ensimismados en estas piedras que contienen historia y leyenda a partes iguales. La belleza de los siglos atraen al año a miles de visitantes, sobre todo en verano. A pesar de las temperaturas cercanas a la sala de espera del infierno, los turistas pasean por el laberinto, armados de agua y paciencia, a la caza del siguiente monumento, la anécdota, la porción de historia pura y dura, sabedores de que, una vez, hace mucho tiempo, el mundo conocido miraba maravillado a esta ciudad y la sabiduría que contenía. Pero han pasado los siglos, y ahora, la cara de maravilla se mezcla con la de cansancio y falta de líquidos corporales, buena muestra de la experiencia medieval en agosto. 

Una de las joyas es la catedral gótica, de las más bellas en su género. Diré que es la más bonita de toda Europa, pero entonces me acusarán muchos de barrer para casa, y de cierto chovinismo innecesario. Lo mismo tienen razón, así que mejor, lo dejo en que es una maravilla arquitectónica, parte de un conjunto excepcional, nombrado por la UNESCO patrimonio de la humanidad. 

Alrededor de esa catedral, las calles son ligeramente más practicables, con menos estrecheces que los demás rincones del casco antiguo. Aún así, la inmensa marea de turistas dificulta el tránsito de los habitantes habituales, menos impresionados y con un extra de prisa por una rutina atascada en pleno paso procesional. En una de esas calles, de tránsito común, tenemos un inquilino perenne desde hace unos meses. 

Como decía, no es una ciudad problemática. No tenemos las dificultades de ciudades mucho más grandes e inmanejables, pero eso no quita la existencia de casos y situaciones, muestra de que ningún lugar escapa a su dosis de desgracia. Siempre hay peligro de exclusión social, minorías sociales desfavorecidas, paro, la lacra de la droga (en su momento, hace años. Ahora parece que, por lo menos a nivel visible, la situación ha mejorado), barrios más o menos marginales que han requerido mucho esfuerzo por parte de sus habitantes y las administraciones para que la normalidad sea la nota dominante. Lo habitual en un núcleo urbano, claro, que, por pequeño, no es una panacea de felicidad. 

Las cosas cambian. La sociedad española ha sido sometida a un proceso de desintegración del que surgen estampas dolorosas e indignantes. Las políticas de austeridad transforman la vida de la gente en penosa lucha por la supervivencia, atrapados en la realidad de cinco millones de parados, despedido arriba, despedido abajo. Por supuesto, esto cambia en la forma y en el fondo el concepto de pobreza que manejábamos hasta ahora, y que hacía muchos años que no se veía en un país que se las daba de moderno y avanzado. 

En una de esas pintorescas calles llenas de turistas, justo en uno de los laterales de la catedral, como digo, tenemos un habitante que rompe el esquema de muchas maneras distintas. Es un hombre de mediana edad, pelo canoso, más de lo que corresponde a su edad, me temo. Viste de manera informal, pero aderezado con cierta elegancia sobria. Allí se encuentra, en su rincón, día tras día, ajeno al trasiego de personas que hablan en tantos idiomas distintos, con estilos peculiares, desde las máscaras anti polvo y los parasoles de los japoneses a los imposibles turbantes de la India, que alguno se ve, en serio. En sus manos, libros. Decenas de ellos, uno nuevo cada día, lector voraz e impenitente, a discreción. Así pasa las horas, enfrascado en su lectura ávida, serena, vía de escape ante la perspectiva poco halagüeña de la realidad pelona. Como habrán podido deducir, no está ahí por gusto. Al lado de los párrafos, historias, palabras, retruécanos, ripios, chanzas, malabarismos de la lengua que pasan ante sus ojos, hay un cartel. “Necesito tu ayuda”. Ninguna tragedia chantajista, drama mínimo en un mensaje claro. Muestra doliente del presente de un sector de población sometido a repugnante eugenesia económica, una generación entera, los que se mueven entre los cuarenta y pocos y los cincuenta y muchos, condenados al ostracismo laboral por un mercado sanguinario e indolente. La nueva pobreza en España, de clase media, con inquietudes culturales, con una vida a las espaldas, pulcra, cotidiana,. La terrible imagen de la pesadilla en la que ese hombre, libro en mano, podemos ser cualquiera de nosotros el día de mañana. 

Nuestro gobierno, a su película. Llora por que hemos perdido la oportunidad de los Juegos Olímpicos; por lo visto no se sacó brillo al sable adecuado, e hicimos un poquito el ridículo internacional con la alcaldesa de Madrid hablando en algo parecido al inglés. Que pena.

Por otro lado, el ejecutivo Rajoy saca pecho, habla de recuperación económica y prima de riesgo. Pero de empleo y servicios sociales, esa conversación, no entra en el discurso de un gobierno culpable. Porque saldremos de la crisis, ya ve usted. Pero en una ciudad pequeña, en una famosa calle turística, vemos una buena foto del precio que los españoles hemos pagado para que nuestros gobernantes se pongan la medalla de salva patrias o intenten organizar espectáculos circenses. 

Desde hace poco, tenemos un nuevo lector. Unos cuantos metros más arriba, en la misma calle, alguien ha decidido seguir los pasos del pionero. Un chico mucho más joven, otra porción de sociedad. Ha escogido su esquina, dos días atrás me paró y me pidió un cigarro. No fumo, así que se quedó el chico con las ganas de matar el gusanillo de la adicción. Leía una edición en dos tomos de “Las mil y una noches”, qué mejor para el escape de la desgracia personal. Por su acento al hablar español, deduje que procedía de algún país del este de Europa, cara del drama de la inmigración condenada por la falsa esperanza de aquella mentira que dio en llamarse “El Milagro Español” a mediados de los 90. De milagro poco. Mucho maquillaje, en todo caso. Ahora lo sabemos, y lo sufrimos. 

Allí estarán hoy otra vez, con sus libros, sus esperanzas de cambio, su puñado de sueños rotos. Puede que perdamos la sorpresa, y formen en unos meses parte del paisaje urbano, invisibles, olvidados. Incluso es posible que, en unos años, alguien llame a esta vía llena de turistas “La calle de los lectores”.


Santiago Negro  Twitter: @SantiagoNeg



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