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Monterrey N.L.

Bajo la lluvia.

La carretera estaba desierta. Un fuerte aguacero caía sobre el asfalto. Había llovido durante todo el día y el agua comenzaba a concentrarse en grandes charcos. Rápidos arroyuelos bajaban por la orilla de la avenida. Y el agua se juntaba en el portón de la casa; dejando hecho un lodazal el camino que iba del portón a la puerta principal.

Adentro, Leonel se asomaba por una ventana. Al ver la tormenta se alegró de no tener ocupaciones fuera de la casa. La vereda que iba de su puerta a la calle estaba terriblemente enlodada. Volteó a ver el reloj. Pocos minutos habían pasado después las once de la noche, y por alguna razón sintió que el tiempo avanzaría rápido hacia las doce, y no se detendría hasta la madrugada.

A pesar de la hora, Leonel se preparó un café. Era un hombre con aficiones muy marcadas, y el buen café era una de ellas. En todo el día no había tenido oportunidad de tomarse una sola tasa, y a esta hora no estaba dispuesto  a irse a la cama sin antes saborear ese placer.

Ya con la tasa en la mano se dirigió una vez más hacia la ventana. El vapor se elevaba como incienso, y el aroma del café perfumaba toda la estancia. Apartó la cortina y se percató de que la lluvia caía con mayor fuerza. Así permaneció por un momento, y ya había disfrutado de tres sorbos cuando, con cierto sobresalto, notó unas huellas en el fango de la vereda. Venían del portón hacia la puerta de su casa. Un poco alarmado se inclinó hacia su izquierda en un intento por alcanzar a ver algo en el zaguán. Pero no se observaba nada. Se retiró de la ventana y dejó la tasa en una mesita. Después, sin hacer ruido caminó hacia la puerta. Se asomó por la mirilla y vio la silueta de un hombre.

La primera impresión que se formó en su mente fue que se encontraba ante un indigente. Una persona desagradable y sucia quien, remojada, procuraba resguardarse de la tormenta. Su inquietud aumentó rápidamente. Después de algunos segundos de un pesado silencio, en el que no se escuchaba nada salvo el constante caer de la lluvia, se aclaró la garganta y preguntó con voz ronca “¿Quién está ahí?”.

Su fuerte voz traspasó la puerta, y la persona que se encontraba afuera se sacudió de un sobresalto. El indigente estaba de espaldas, y al escuchar la pregunta comenzó a darse la vuelta. Lo hizo muy lentamente, sus movimientos delataban a una persona muy cansada y adolorida. Daba la impresión de tratarse de alguien muy enfermo o lastimado. Dio un par de pasos hacia la puerta y se acercó a la mirilla. Llevaba un sombrero oscuro que le ensombrecía la mayor parte de su rostro.

Por su parte, Leonel seguía sintiéndose cada vez más incomodo. Al acercarse aquel hombre, Leonel retiró instintivamente su cabeza de la mirilla, pero se sobrepuso y volvió a preguntar “¿Quién está ahí afuera?”.

El hombre de afuera respondió con una voz apagada “Leonel… ¿ya no me reconoces?... Soy Leonardo”

Leonel quedó congelado por unos instantes.

“¿Leo….Leonardo?” tartamudeó. “¿Qué haces aquí?” consiguió exclamar nerviosamente.

El hombre de afuera se quitó el sombrero, dejando al descubierto un cabello lacio y entrecano que se le pegaba en las sienes y en la frente debido a la humedad. Sus ojos eran de un color pardo, muy oscuro, y tenían una mirada inquietante; difícil de definir.

El hombre de adentro, al ver aquellas facciones y aquella barba larga e irregular, se sintió golpeado por un torrente de emociones y recuerdos. Y, en un instante, pasaron por sus ojos decenas de imágenes intensas y dolorosas que creía haber olvidado.

Recordó a un antiguo conocido. Un compañero en el crimen hacía muchos años atrás, en una época perdida en la que había pertenecido a una asociación que se dedicaba al secuestro y la extorsión. Una época que había sido desterrada de su memoria.

El miedo y la confusión se apoderaron de Leonel. Su mente no conseguía procesar lo que le estaba ocurriendo. No entendía cómo era posible que en esa noche lluviosa, tranquila y monótona, hubiera aparecido ante su puerta, y de manera tan inesperada, un hombre que lo regresaba a aquel pasado. Un pasado que creía sepultado para siempre.

Leonel había sido un criminal…, pero ya no lo era más. Hacía muchos años que se había alejado de aquella vida. Y no existía posibilidad alguna de que sus antiguos socios supieran algo de él. Se había reformado. Ya nunca pensaba en el pasado. Las pocas ocasiones en las que se sorprendía a sí mismo recordando, se decía que no había sido él, que aquella era la vida de otra persona. Se lo decía con tanta convicción que llegaba a creérselo. Una parte de su mente reprimía con una gran fuerza aquellos sucesos.

Mientras tanto, el hombre de afuera se volvía a colocar su sombrero. Dejando de nuevo oscurecida su cara. Y preguntó “¿Me dejarás entrar?”.

Leonel sintió cómo sudaban sus manos. Y, en una reacción inconsciente por limpiarlas las frotó fuertemente contra los costados de su pantalón. Después de eso, una punzada de horror lo hizo voltear hacia abajo para cerciorase de que no era sangre lo que se había limpiado en su pantalón. Lo tranquilizó un poco el ver que su ropa seguía limpia.

Pero la tristeza ya se había posado oscuramente sobre su corazón, y una fuerte sensación de arrepentimiento lo sofocaba. Levantó sus brazos para abrir mientras decía tristemente “Claro que sí.” Mientras la puerta se abría continuó diciendo “Perdóname, Leonardo. Por favor perdona…”

Cuando terminó de abrir la puerta Leonardo ya no estaba ahí. Leonel, sintiéndose como en un sueño, caminó hacia afuera y lo llamó varias veces. Pero no obtuvo respuesta. No había ningún rastro de aquel hombre. Y seguía lloviendo fuertemente así que tuvo que regresar al zaguán.

Se quedó parado en el marco de la puerta por algunos minutos, mirando cómo caía el agua sobre la carretera. Finalmente se metió a la casa y cerró con llave. Lúgubremente se acercó a la ventana y apartó las cortinas. El agua ya había borrado las huellas de Leonardo. Fue a tomar la tasa de café que había dejado en la mesita y le dio un trago, pero la volvió a dejar haciendo una mueca amarga porque el café ya estaba frío.


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