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Monterrey N.L.

Elías

El montañismo siempre fue una de sus pasiones. El gusto por aquellos ocasionales escapes al monte le fue inculcado por su padre y sus tíos. Algunos de los primeros recuerdos de su infancia tenían que ver con imágenes inconexas de bosques y desiertos, de animales salvajes  y plenitud física. Contaba tan solo tres años la primera vez que su padre lo llevó a una excursión al cerro del Fraile. De esta manera, al pasar los años consiguió registrar centenares de viajes a través de su infancia y adolescencia. Pero, fue hasta llegar a la adultez que supo precisar en qué radicaba ese gusto por la naturaleza. Ya siendo un hombre, cuando consiguió reposar sus pensamientos y congelarlos en su mente para estudiarlos, aprendió a analizar y diferenciar las fantasías de las realidades, las pulsiones de los gustos simples. Y logró entender la simpleza de su amor por las excursiones:

Al estar a solas en el monte trazando senderos, explorando nuevos territorios y cuidándose de animales peligrosos, su espíritu sentía la melancolía de los viejos tiempos. Algo revivía en sus células más puras las experiencias de los hombres que vivieron, en línea sanguínea directa, miles de años antes que él. Una parte de su genética recordaba aquellas expediciones de guerra y cacería, los triunfos conseguidos, las batallas perdidas, el dolor intenso y las satisfacciones de conseguir abundante alimento.

Al aventurarse en el despoblado se ponía en sintonía directa con sus antepasados, con una frecuencia imprecisa, difícil de definir completamente, atenuada por el paso de los milenios y el cambio en la sociedad humana, pero que seguía ahí, flotando en la atmosfera de la Tierra. Siendo captada por aquellas personas cuyo inconsciente colectivo estaba sintonizando las mismas ‘líneas’. Aquellos hombres murieron hace miles de años, pero la sangre no ha dejado de fluir en las venas.

Por estas razones, cada que le era posible se daba un espacio para preparar excursiones a montañas y desiertos, le entusiasmaba sobremanera explorar ríos importantes y ya había cruzado, en varios ocasiones, lagos inmensos. Esta afición le llevó a conocer la mayor parte del continente americano.

Y ahora, habiendo dado este conciso preámbulo, puedo proceder a contar la intensa experiencia que sigue.

Elías se encontraba en el estado norteño de Montana, en los Estados Unidos. Estaba casi en la parte inicial de su ambiciosa expedición, la cual consistía en cruzar a pie y de norte a sur todo el territorio de la Unión Americana (Había practicado exitosamente esta misma idea con el estado mexicano de Nuevo León; y su intención original fue cruzar todo el territorio de México, pero la situación de violencia por el crimen organizado de su país se lo había impedido.)

Su preparación física, y sus conocimientos de supervivencia se encontraban en un punto óptimo. Llevaba cuatro días bajando por la inmensa Montana cuando se encontró con el oso.

Elías se había apartado de su campamento para explorar unos arroyos y conseguir alimento cuando fue sorprendido por los sonidos de un animal grande, era un oso grizzly. Al discernir el tamaño de la bestia estuvo a punto de entrar en pánico. Todo lo que siguió ocurrió demasiado rápido, y la mayoría de sus reacciones fueron instintivas.

Intento echar mano a su escopeta pero, con ese movimiento brusco hizo resbalar su mochila ligera, la cual llevaba mal puesta debido a que la iba balanceando para facilitar el descenso por la pendiente que exploraba. La mochila y la escopeta cayeron y se resbalaron un par de metros. Supo que perdería mucho tiempo si trataba de bajar esos metros por la pendiente, y además el oso ya venía trotando de subida.  Así que comenzó él mismo a subir a zancadas por la pendiente, sintiendo que los vellos de su espalda y nuca se erizaban, y en su mente imaginaba al animal echándole las garras y lanzándolo al suelo. A pesar del miedo que casi lo congelaba siguió subiendo. Volteo para atrás rápidamente, y se percató de que el oso se había detenido. Pensó que quizás lo hacía para estudiar por qué lugar seguir ascendiendo la pendiente. Pero lo que realmente sucedía es que la bestia se detuvo a olisquear la mochila y la escopeta que quedaron tiradas en el suelo. En menos de diez segundos el animal reanudó el ascenso.

A pesar de la pérdida de su escopeta Elías aún quedaba armado con un machete y su cuchillo de caza, pero sabía que si enfrentaba al enorme animal a lo sumo conseguiría hacerle algunos rasguños antes de ser asesinado. Escasos quince metros eran los que lo separaban del oso, sin embargo en su subida llegó a una zona pedregosa que había estado estudiando varios minutos atrás. Sin pensárselo demasiado, tomo con ambas manos una roca grande, de unos veinte kilos de peso, y la levanto por encima de su cabeza mientras se volteaba para enfrentar al animal. Decidió que esperaría a que se acercara más para conseguir golpearlo con ella en la cabeza.

La decisión no fue fácil, pero la tomo en escasos segundos. Sabía que su vida dependería de un volado: si lograba golpear al oso en la cabeza ganaría quizá minutos para regresar a su campamento y armarse con otra arma de fuego. Pero si fallaba, quedaría tan cerca de la bestia que ésta lo alcanzaría y mataría en poco tiempo.

El grizzly se aproximaba, horrible bestia con sus fauces jadeando espuma, y su pelaje café brillando con sus movimientos bruscos, ocultando los poderosos músculos.

Si algún fotógrafo se hubiera encontrado cerca, pudiera haber captado el rictus de horror y desesperación en la cara de Elías al mismo tiempo que mantenía una heroica posición, y de paso atraparía en su cámara la magnificencia del imponente animal. Pero no había nadie cerca. El hombre esperó a que el oso estuviera a unos siete metros por debajo de él y lanzó la piedra con todas sus fuerzas. Le dio en el centro de la cara. El animal gruño y tropezó. Elías inmediatamente tomó dos piedras de menor tamaño. Lanzó una al oso y le volvió a atinar en la cara. La bestia gimoteó y retrocedió unos centímetros, sangraba del hocico. Elías arrojó la tercera piedra que le quedaba, pero lo hizo sin puntería ya que su mente trabajaba en buscar otra de gran tamaño. Esta última piedra solo le rozó un hombro al oso, y lo avivó a reemprender su cacería. Pero el grizzli estaba lastimado. Elías levantó una roca aun más grande que la primera y la arrojó sobre el lomo del animal. Corrió un par de metros más hacia arriba y a trompicones se subió a las ramas de un árbol y preparó su machete. El oso, lastimado y enojado caminó al tronco del árbol, y en diversas ocasiones intentó subir pero Elías repelía las garras del animal con su machete. Después de tres heridas serias la bestia desistió.

Media hora después de que el animal se alejó y se perdió entre el bosque, Elías bajo del árbol y corrió sin detenerse hasta llegar a su campamento. Tomo otra escopeta y no durmió en la toda la tarde y noche de aquel día.


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