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Monterrey N.L.

Silent hill

Joseph Schreiber era un periodista que vivía en la habitación numero 302 de Ashfield Heights.

Una mañana en que despertó y se sintió sepultado en la cama, abrió los ojos para darse cuenta de que se encontraba en una extraña situación. La cabeza le dolía intensamente y su habitación estaba sumida en una espesa penumbra.

Se sentó en el borde de la cama tratando de despabilarse; notando que todo se encontraba en silencio y calma; un silencio más reposado que el habitual. 

Se levantó mareado y fue a darse una ducha que no lo ayudo a despertarse; desayunó ligeramente como lo hacia siempre. 


Mientras estaba sentado en la mesa sintiéndose mal, se puso a pensar en lo extraño de la situación; creía estar soñando, pensaba que aun no se había despertado. El dolor de cabeza le pulsaba en la sien; y las tinieblas en las que estaba sumido todo su departamento eran demasiado irreales.

En el pecho albergaba un desasosiego, sentía un mal presagio, como si algo terrible estuviera por suceder.

Se dirigió a la puerta para salir, y fue ahí donde sus presentimientos se materializaron.

La puerta de salida estaba bloqueada; grandes y pesadas cadenas la cruzaban de un lado a otro y de arriba a abajo; gruesos candados, herrumbrosos y oxidados aseguraban la firmeza de las cadenas, haciendo imposible abrir la puerta. Joseph, totalmente desconcertado, se puso a examinar esas precauciones que él no había colocado.

Trato inútilmente de quitarlas, y después de mucho analizarlo, llegó a la conclusión de que simplemente no podía tratarse de una broma.

Era como si alguien lo hubiera encerrado en su propio departamento, pero ¿Quién?

Caminó hacia una ventana, descorrió la cortina y trato de abrirla sin poder conseguirlo. No se movía, algo la tenia atrancada; con toda su fuerza la empujó pero fue inútil; intento lo mismo con otra ventana pero obtuvo el mismo resultado, y lo mismo aconteció con todas.

Era como si algo las hubiera bloqueado; como si se hubieran soldado durante la noche.

Se puso a inspeccionar todo su departamento tratando de buscar a la persona que probablemente le estaba jugando una pesada broma, pero no encontró a nadie. 

Totalmente confundido tomó el teléfono para llamar al señor Sunderland, el superintendente del edificio, y quejarse de la extraña situación en la que se encontraba; pero no había línea, el teléfono estaba muerto.

Paseándose por todo el departamento se desesperó buscando una salida sin encontrarla, únicamente la puerta y las ventanas daban acceso al exterior, y era inútil tratar de salir por ahí.

Regresó a la puerta principal y la golpeó y grito por ayuda; pero nadie acudió. Lo mismo con las ventanas.

-¿Acaso aun estoy soñando? - se decía.

El dolor de cabeza no cesaba; pasaron horas… pasaron dias…

Joseph Schreiber permaneció días enteros encerrado en la habitación 302 antes de sumirse por completo en la desesperación.

Al averiarse la televisión y el reloj perdió el sentido del tiempo; sumido en la penumbra las horas para él se convirtieron en días.

Por las ventanas observaba a sus vecinos a quienes gritaba pidiendo ayuda, golpeaba fuertemente las ventanas y gritaba hasta agotar su voz pero ellos parecían no escucharlo, ni siquiera volteaban a verlo.

Varias veces arrojó pesados muebles contra las ventanas para tratar de romperlas, pero era inútil, solamente vibraban un poco; los vidrios ni siquiera se estrellaban. El mismo resultado obtenía con los candados.

Perdió completamente el apetito. Pero no se debilito por falta de comida… aunque sí se debilitaba por otras causas.

En ocasiones lo invadía un profundo sueño que lo hacia dormir por horas. Siempre despertaba con el intenso dolor de cabeza, y con la desagradable sensación de inquietud, un desasosiego que lo mantenía nervioso y a la expectativa.

Su vecina, la muchacha que vivía en el departamento contiguo al suyo, en muchas ocasiones fue a buscarlo. Permanecía minutos tocando y llamando a la puerta; Joseph rápidamente corría hasta ahí y le gritaba con todas sus fuerzas.

-!Eileen aquí estoy! !!No puedo salir!! !!!Eileen!!!

Pero la joven no lo escuchaba.

Cuando llevaba alrededor de una semana en el asfixiante cautiverio Joseph ya se encontraba en un estado de desesperación total; la incertidumbre , el miedo y el aburrimiento lo consumían.

Una tarde en que despertó de un corto sueño, molesto por el calor y la jaqueca de siempre, fue cuando las cosas se torcieron para empeorar.

Estaba recostado boca arriba cuando repentinamente escucho, de dentro del armario de su recamara, una extraña y gutural voz masculina, que dijo:

-Siempre te estoy… observando.

Joseph rápidamente salto de la cama y abrió el armario para encontrarlo vacío. Solo su ropa y zapatos se encontraban dentro. Ningún ser humano; ningún artefacto que pudiera producir sonido, ninguna bocina o radio; ninguna cámara que pudiera estarlo grabando; nada que pudiera emitir sonido alguno.

Un doloroso escalofrío le recorrió desde la espalda baja hasta el cerebro.

Desde esa tarde la oscuridad lo invadió por completo. Extraños ruidos se percibían y se escuchaban dentro y fuera del departamento; las paredes su fueron manchando de negro formando feas imágenes que a veces parecían dibujar caras humanas y a veces caras demoníacas. En el cuarto de baño aparecieron unos ilegibles símbolos en la pared, y cuando se acercaba a ellos para examinarlos, podía escuchar unos distantes ecos que parecían provenir de otro lugar.

El miedo era constante y latente.

El hogar representa para el ser humano el lugar más seguro y confortable que pueda haber sobre la tierra; la habitación propia, a veces la podemos comparar como un santuario intimo, nuestro mayor refugio; para Joseph representaban totalmente lo opuesto; su mayor deseo era escapar de ese cuarto de tortura, sentía que entregaría la vida en cualquier momento. El impacto y daño psicológico fue tremendo. Profundas ojeras aparecieron bajo sus ojos. Su cuerpo estaba crispado y a la defensiva las veinticuatro horas del día, incluso cuando dormía.

Lo que el pobre hombre deseaba era derribar la maldita puerta y salir corriendo a la calle. Sus nervios estaban destrozados.

Fantasmagóricas apariciones ocasionalmente se dejaban ver por el oscuro departamento. Imágenes de hombres y mujeres que gemían horrendamente.
Se escuchaban horribles ruidos; a veces oía como pesados artefactos metálicos rechinando por algún movimiento; a veces eran desgarradores gritos humanos que le producían terror, le helaban la piel y lo llenaban de escalofríos.

Sin embargo contaba con un pequeño consuelo; sin el cual nuestro pobre amigo probablemente se hubiera vuelto loco de terror y muerto.
Cada vez que se asomaba por las ventanas podía ver a sus vecinos y a las personas en la calle hacer sus vidas normales; los días y las noches se sucedían y nadie parecía darse cuenta, ni sospechar siquiera en el infierno que estaba viviendo.

Se sentaba delante de la ventana por horas, ignorando los ruidos y los malos olores que también empezaban a hacerse presentes en el departamento.
Cuando dormía, cada vez que despertaba lo hacia en su cama, sin importar en que lugar del departamento se hubiera quedado dormido. Era si como, mientras durmiera, alguien lo levantara y lo llevara cargando hasta su cama. La simple idea lo llenaba de horror.

La extraña y cavernosa voz que había escuchado por primera vez en su armario, se escuchaba cada vez mas seguido, y en ocasiones lo atormentaba por tres veces seguidas:

-Siempre te estoy observando… Siempre te estoy observando… siempre te estoy observando… cada vez que la oía era como si mil agujas le pincharan el cerebro y le oprimieran el corazón.

Después, y por un espacio de tiempo, tuvo una tregua. Sus sueños se hicieron vívidos y extraños. Y por fortuna pasaba mas tiempo dormido que despierto.

Cuando dormía parecía cruzar a otra dimensión; sentía libertad; aunque fuera en sueños estaba saliendo del departamento.

En estas nuevas y raras excursiones oníricas visitaba lugares que inmediatamente reconoció como el cercano pueblo de Silent Hill.

En ocasiones aparecía cerca del lago, en otras en el bosque, o en alguna casa pero siempre era dentro de los contornos de Silent Hill y Ashfield.

Se encontraba con personas que nunca había conocido en su vida, y veía (sin poder intervenir) sus vidas y sus muertes.

Siempre aparecía simplemente como un espectador. Y cuando regresaba de sus sueños, es decir cuando despertaba, escribía todo lo visto y presenciado.

En una ocasión, mientras dormía, visito una especie de albergue que se encontraba internado en un bosque, dentro vio a dos hombres que conversaban.

El hombre de mayor edad hablaba elocuentemente, y con los ademanes que adquiere una persona que esta acostumbrada a predicar y a dar ordenes. Tenia un rostro severo y arrogante, una casi imperceptible mueca de crueldad se asomaba a sus labios cada vez que terminaba una frase.

Su oyente era un hombre joven de cabello largo y ojos claros. Parecía escucharlo atentamente, pero en sus ojos brillaba un chispa de desprecio.

Nuestro amigo Joseph Schreiber se encontraba como en espíritu presenciando la escena. Y fue testigo mientras el hombre mayor, aun hablando, le dio la espada al joven y se aproximo a una mesa que tenia muchos papeles y libros encima, el muchacho, poniéndose de pie, sacó una pistola de su abrigo, se aproximo al anciano y le disparo en la nuca.

Joseph continuó teniendo los extraños sueños día con día. Cuando despertaba, se dedicaba a escribir todo lo atestiguado.

Aunque permanecía encerrado, los horrores y el acosamiento habían disminuido notablemente.

En una ocasión, mientras escribía, escucho ruidos ‘normales’ fuera de la puerta que daba al pasillo y se asomó por la mirilla.

Eran su joven vecina y el señor Sunderland, el superintendente, quien sostenía un su mano las llaves de las habitaciones y se acerco para tratar de abrir la puerta.

-Que extraño. Estoy seguro de que esta es la llave correcta, pero no abre. Es como si por dentro algo estuviera bloqueando la puerta.

-Hace algunos días escuché unos ruidos muy raros que venían de ahí dentro- comentó Eileen. -le grite a Joseph que me abriera, pero no contesto… espero que esté bien.
Y ambos se retiraron.

Joseph Schreiber se dedico a escribir sin descanso; siendo periodista, esto no representó ningún problema. 


Fue en estos extraños viajes de sus sueños como conoció a nuestro Walter Sullivan; fue ‘testigo espiritual’ de las escenas mas relevantes de su vida; desde su nacimiento hasta su muerte, pero sobretodo… de lo que Walter hizo después.

Así descubrió el secreto de Walter, conoció su historia. Se entero del ritual de los 21 sacramentos. Todo lo que hacia en su tiempo era escribir las cosas de las que se enteraba en esas extrañas excursiones a otras dimensiones. Pero nunca pudo descubrir la manera de detener a Walter, era demasiado poderoso, ni siquiera pudo salir de su propia habitación.

Los vecinos estaban extrañados, se les hacia completamente raro que Joseph llevara días encerrado y que no respondiera cuando alguien le tocaba la puerta. Un día el superintendente Sunderland (quien era la misma persona que había encontrado al Walter recién nacido cuando sus padres biológicos lo abandonaron) por fin logró abrir la habitación y para asombro de todos no encontraron a nadie. 


Nunca se supo nada de Joseph y jamás se encontró su cadáver. El periodista se había perdido en aquellas extrañas dimensiones.

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