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Monterrey N.L.

Tomás.

Salió de su casa a las doce y media de la noche. No sin antes cerciorarse de que no lo estuviera observando algún vecino. Por la tarde, cuando llegó del trabajo, había tomado la precaución de dejar su auto estacionado en una calle lejana a su casa. Así que caminó con disimulo hacia el carro. Llevaba puesta ropa oscura y una gorra le cubría su cada vez más larga cabellera. Caminaba por las banquetas tratando de ocultarse entre los vehículos estacionados.

Las calles estaban muertas, sin embargo, de muchas casas se escapaban sonidos de televisores encendidos, de voces quedas flotando entre cenas tardías, y música vieja. Adentro de una casa grande y gris alguien tiraba su enésima botella de cerveza. El ruido que hizo el cristal al romperse acentuó el nerviosismo de Tomás. Encogió los hombros y apresuró el paso.

Al llegar a su automóvil introdujo la llave en la cerradura. Un gato chilló por debajo y salió corriendo. A Tomás le bajó la sangre hasta el piso, y se subió de un salto al asiento del conductor. Encendió la máquina y, a pesar del esfuerzo que hacía por marcharse con disimulo, sus pies lo traicionaron y pisaron bruscamente el acelerador. Las llantas gritaron más fuerte que aquel gato y el coche huyó de la colonia para internarse en la oscura carretera.

Tomás llevaba ya varios meses en una auténtica caída libre. Un comportamiento errático comenzó a apoderarse de él. Algunas de sus relaciones personales ya estaban destruidas, mientras otras quedaban seriamente deterioradas, su familia no sabía de qué manera abordarlo, ya que se había convertido en una especie de recluso en su propia casa.

A su novia dejó de verla y de responder a sus llamadas. En varias ocasiones había ido ella a buscarlo para hablar, pero Tomás nunca abrió la puerta. Dejó de frecuentar a sus amigos, y sus hermanos planeaban una manera de obligarlo a ir a un médico, sin embargo, aún no conseguían llegar a resolución alguna.

Solamente seguía asistiendo a su trabajo, y esto quizá se debía a que ahí no tenía que socializar con nadie. Todos los días llegaba temprano, se conectaba a su computadora, comía en su propio escritorio y a la hora de salida era el primero en escapar.

Esa había sido su vida durante meses, y todo se había intensificado en la última semana. Así es como llegó a ese día en el que decidió renunciar a eso último.

El auto corría a ciento veinte kilómetros por hora con dirección al sur. En su estéreo  sonaba  la voz de Roger Waters mientras el resto de Pink Floyd la envolvía oscura y bellamente con sus instrumentos. Decían algo de “cerrar la puerta y tirar la llave muy lejos…” La música tranquilizaba a Tomás; le permitía enfocarse en su plan… y organizar sus ideas.

Poco más de cuarenta minutos de viaje lo ayudaron a relajarse. Había llegado y ahora se estacionaba a la orilla de la carretera. Salió del auto y cerró la puerta con cuidado para caminar hacía la oscuridad del monte. Bajó por algunos minutos entre las hierbas, la luz de la luna llena caía sobre los arbustos como un manto de ensueño.

No había vereda alguna por el punto en que iba pero Tomás sabía exactamente que llegaría a un acantilado desde el cual se podría apreciar la parte más ancha del río. Tras unos instantes más de raspaduras y tropezones llegó a su destino y se detuvo triunfante. Ahí estaba lo que buscaba, la hermosa luna llena se reflejaba en las oscuras aguas del río…

En su delirio, tenía la convicción de que se encontraba ante un puente entre este mundo y algún otro.

Caminó varios metros hacia atrás y después comenzó a correr con todas sus fuerzas para tomar vuelo. Saltó hacia el vacío teniendo en su mente el objetivo de caer sobre el reflejo de la luna.

Fueron instantes fantásticos. De júbilo y aventura.

Cuando cayó al agua y se sumergió violentamente creyó que había traspasado hasta el lado oscuro de la luna. Mientras se ahogaba murió pensando que su respiración se adaptaba a la atmósfera lunar.

 


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