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Monterrey N.L.

ALL THAT JAZZ

Hoy toca hablar de nuevo de la ciudad en la que vivo. Y sí, sigo con la juguetona manía de no revelar su nombre. Aunque, con las pistas que he dado y sus dotes de detective, querido lector o lectora, bastaría una rápida búsqueda en Google para situar mi hábitat natural en un mapa. Ahí les dejo el desafío. 

Estos días se celebra el festival de Jazz de la ciudad. Un evento pequeño, joven, muy alejado del rimbombante nombre de las estrellas del género en mi país, como el célebre festival de jazz de San Sebastián o Vitoria, los grandes clásicos. El de mi tierra es menos espectacular, lejos de los grandes nombres y divas de uno u otro estilo, pero es un proyecto lleno de ilusión, entusiasmo, y enormes sorpresas. A lo largo de la semana, las estrechas calles se llenan con los ritmos más enrevesados y traviesos, una mezcla imposible dentro de un entorno acostumbrado a la sobriedad casi monacal del silencio de su casco antiguo. Cambiamos radicalmente de espíritu, bajo la Catedral gótica, en la plaza del ayuntamiento, el sonido de baterías, clarinetes, pianos y guitarras se hace protagonista, banda sonora del fin de las calurosas noches de verano. 

Es genial. Mágico. Divertido y diferente. En esa misma plaza, a lo largo de los últimos años, se han oído ruidos y voces muy distintas. El estruendo de la protesta, del desengaño, de la indignación, ha sido la nota predominante en los meses más tristes del debacle social que atraviesa España. No era el lugar más importante del mundo, ni el foco de la noticia, ni multitudinaria muestra de enfado y acción, como Madrid, eterna en las televisiones de media Europa y parte del extranjero. Incluso en eso somos pequeños aquí, en mi pequeña ciudad amurallada. 

Por unos días, el descanso. Las voces son más melodiosas, y el estruendo invita al baile y la jarana, que no es poco. Ya retornarán las proclamas y las pancartas. 

A pesar del clima derrota, de la inevitable merma de espíritu que es el golpearse constantemente con el muro de las mentiras y la corrupción generalizada que nos transforma en una democracia de chiste. La gente volverá a pedir lo que es suyo, como no puede ser de otra forma. Por justicia, por sentido común, por dignidad. Por el último resquicio de esperanza de cambio que nos queda a los españoles. 

Pero mientras todo eso llega, la plaza del ayuntamiento se viste de gala, nos invita a despedir el estío a base de uno de los idiomas más poderosos del mundo. La música. Que amansa a las fieras. 

O las inspira. Depende de la partitura. 

 

Santiago Negro   Twitter: @SantiagoNeg


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