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Monterrey N.L.

Mi perra Mona

Regia. Tenía las orejas grandes y chinas. Tenía la cola larga (inusual para un cocker spaniel). Tenía la cara fina y bonita, fue todo un personaje, y ahora mismo, me cuesta respirar cuando la pienso. Daba alegrías que ni ella misma supo. Fue hasta hace dos años la perra más consentida del mundo. Desde pequeña descubrimos lo simpática que era, cuando olía un flan o cualquier postre se puede decir que sonreía. Tenía los ojos dulces y miraba como si siempre le hiciera falta algo. A ella le gustaba andar por aquí, husmeando en los rincones y dormitando a ratos, eso sí, con una oreja despierta por si yo cambiaba de lugar. Movía su enorme cola al verme, y puso en mí hasta la última gota de sus últimos días, (mientras yo puse en ella hasta la última gota de mis lágrimas de aquel año)

 

No importaba cuantas veces me diera por ir a la cocina, al baño u otro lugar de la casa, ahí venia ella.  Cuando me dieron la noticia que había tenido un accidente, minimicé el asunto y pensé que no pasaría de un yeso en su piernita y algunos cuidados especiales. Después de 9 días en el hospital canino, fue su operación de médula, y cuando el doctor salió del mini quirófano me dijo: “su pronóstico va de reservado a muy malo, hay muy pocas posibilidades de que vuelva a caminar.” Esas palabras las tengo tatuadas en mi mente y en mi corazón como si hubiera sido ayer, lo recuerdo, y me vuelven los olores de aquel consultorio en la Col. Del Valle, (una combinación de alcohol, perro mojado y tristeza.) Mientras mis ojos se llenaron de agua, puse cara de que no estaba listo para oír eso y me rehusaba a pensar en los clichés “por su bien” y “para que no sufra”

 

Perros, leones, caballos, y gente saben cuándo van a morirse, porque lo sienten. Mona lo sabía. Lo saben cómo uno, que de verlos querría pedir los santos óleos y creer en las maravillas de algún milagro  espiritual.

 

La alcancé a ver en la plancha de metal fría todavía adormilada y no tuve fuerzas para quedarme más tiempo ahí y salí corriendo a mi casa ahogado en llanto. Al día siguiente sabía lo que tenía que hacer. Esos clichés se habían vuelto realidad y no estaba dispuesto a ver a mi Mona con dolor y sin poder caminar por el resto de su vida. Cuando le dije a la doctora sobre mi decisión, Mona escuchó esto de que mejor sería dormirla, mientras se dejaba acariciar con todo el tiempo del mundo; no con mi prisa habitual, si no despacio. Yo no paraba de decirle “gracias, gracias”. La doctora sacó la inyección, que es una fuerte dosis de anestesia que la dormiría para siempre,  y le vi cara de enemiga a esa mujer buena que era la veterinaria.

 

Mientras la sustancia entraba en su cuerpecito, yo la acariciaba viendo como la vida estaba y dejó de estar; viví esa milésima de segundo de su última exhalación, a esa presencia que se pierde, la llaman alma. Entendí que los perros tienen alma.

 

Me sentía pésimo, mi pensamiento ético se preguntaba ¿a quién le podía dar razón de la sinrazón que es disponer de la vida ajena para evitarle una pena? ¿Quién soy yo para haber decidido quitarle la vida? ¿Y si ella quería vivir, si ella quería darnos más alegrías? Después, mi pensamiento razonado, me dijo que, aunque lo sienten,  los perros no tienen conciencia de lo que es el dolor, de lo que es la muerte y el sufrimiento. Ellos solo viven para su única misión que es la de dar amor a sus amos.

 

Al momento que todo acabó, la doctora dijo “adiós chiquita nos vemos en el cielo”, explicando que por eso no cobra “ese tipo” de inyecciones. Quizá tiene razón, no hay un precio que pague la decisión que tomamos, que aunque fue la mejor, no para de doler.

Al momento de recordar ese momento y de pensar porque le di las gracias, lo tengo muy claro; ella sacó mis más sinceras sonrisas, hizo una mejor versión de mí,  me hizo una mejor persona. Gracias otra vez.


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