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Monterrey N.L.

Cine millonario

iRacional
Por Hans Römer



<<53 peliculas venezolanas que puedes ver completas en youtube>> leí en mi Wall de Facebook hace unos días. Hice click en el link intuyendo que por la falta se acentos todo se tratara de un chiste más de los creativos de <<El chigüire bipolar>>. Caí en todas las tentaciones posibles. Viajé sin aviones y sin tener que aterrizar en Maiquetía. Me olvidé  de los militares revisando mis interiores en la maleta y llegué al país que intenta todavía serlo. Me adentré en ese rollo de pe-lí-cu-la, en su descomposición, en esas realidades unidas con pega loca, polarizadas y que nunca se han encontrado ni se han reconocido a lo largo de tantos años, por más que se reedite. Todo fue siempre una suerte de Venecia boyante, como el petróleo que salpica de riqueza sus metrópolis modernas de mantuanos y godos que siempre miraron por encima del hombro a los indios y negros. La otra mitad sigue siendo la suela de la alpargata roída del campesino, el pueblucho de los criollos, el riachuelo de los palafitos de paja que ningún pintor exhibe en museos, la tierra de los pata en el suelo que siguen esperando que algún día el patrón, el general o el presidente les cumpla la promesa de las tierras y las casas que todavía merecen después de tanta sangre derramada en guerras inútiles, perdidas paradójicamente por ser muchos. Con venezolanos siempre fue más fácil repartirse el botín entre los pocos.

Era un <<País portátil>> que funcionaba más o menos como una mentira, algo parecido a un invento que de no ser por los buhoneros, la piratería o Internet, los millennials jamás creerán que los dramas callejeros de <<Sicario>> y el de los huelepegas se sufrían a duras penas a través de propuestas de directores venezolanos empeñados en que se reconociera la otra cara de la moneda, cuando todavía los videos no eran HD.

Todo registro del pasado se convirtió en una suerte de imágenes de ese archivo criminal que ya no sorprende a nadie. Un montón de gente extraviada como Camila, la rebelde adolescente de <<La primera vez>> que se escapa de su burbuja clase media para toparse con el músico de sus sueños en busca del amor. Su historia no es que quede obsoleta -eso siempre pasa hasta con Hollywood y es normal- es que refleja una ilusión y una vida que ya el colectivo no comparte. Parece como imposible que ese mismo país ahora se vuelva loco por unos hermanos adolescentes que alguna vez enamoraron a [email protected] con romances y melodías de timbales, congas y trompetas. ¿Dónde se escondió toda esa gente? ¿Se les esfumó el amor de repente a todas? ¿Será que en verdad se fueron las cientos de chicas que antes lloraban de amor por aquellos salseros? ¿Y los que soñaban con juntar plata para comprarle una lavadora y una nevera a su madre? El canto de Alí Primera se trastocó con un presidente que incitó a saquear los anaqueles de tiendas de electrodomésticos y cuando sus propios hijos empezaron a soñar, como los otros, con vivir en Miami.

Era la Venezuela que se paralizaba viendo artistas nacionales en Sábado Sensacional e inundaban de alegría teatros y calles con mucho suín y meneando las caderas en una vueltica épica. El ánimo se distraía con la música y no se aturdía con la cantaleta diaria de politiquería. ¿A dónde se fueron los que soñaban con salir del barrio? Los que ahora “(…)torturan y matan y denigran y mutilan, no nacieron de pronto como un hongo inmundo generado por la invasión”. Lo aprendí de Verónica Oddó en <<Golpes a mi puerta>>. Éramos todos compatriotas y algunos “(…) estaban ahí, esperando su momento”.

Nadie me lo contó, yo mismo viví esa Venezuela donde una chica de barrio se sentaba en la mesa frente a su plato repleto, no solamente de frijoles negros -que tanto cuestan conseguirse ahora- sino con arroz, plátano y carne mechada. Basta con ver la películas de Solveig Hoogesteijn para darse cuenta que no es mentira y que era verdad: todo eso se comía sin mucho afán y no se compraba a precios de bachaqueo. ¡Algo pasó! Ni siquiera <<Macu, la mujer del policía>> tendría tiempo de ponerle los cachos a su marido, por pasarse la vida en una cola frente a un mercado para comprar un pollo a precio regulado, según el número de su cédula. .

Parece que al país que se lo llevó la misma tormenta de odio y <<El rumor de las piedras>> que arrastró esa ilusión de la gente humilde de ganarse sus cosas, sus casas, la vida decente. Ese anhelo del venezolano y de los personajes ya no se comparte. Ahora se cambió por una promesa al precio un voto, por una limosna con lo que se reparten de su petróleo. Es la ruina de una tragedia y de las otras tantas que hemos sufrido en vivo y directo por internet a través de una ventana online de Noticias 24.

Perdimos eso que llaman magia, ese asunto de duendes que nos hacía soplar y sacar música por todo el mundo, que movía el piso de todas las pistas de baile de las mejores discotecas. Alguien nos dijo que sólo éramos ejemplo de vandalismo, violencia y muerte y nos lo creímos así de fácil. ¿Cuántas películas de ese estilo bastaron para que nuestra realidad se convirtiera en ese tiroteo de malandros.  Nos convertimos en eso que se empeñaron en mostrarnos. Convencimos al mundo de que eso era lo que podíamos ofrecer y no tardamos en reconocernos como tal. La ficción se volvió tan verdad que la cruda realidad se comió a su propio guión. El drama violento del barrio se apoderó del día a día en las calles y ya no solamente con la complicidad de las autoridades del orden -que antes horrorizaba al público- sino peor: ahora esos delincuentes llegaron al poder tomando como rehén la democracia.

Nos desamoramos de los artistas de siempre, de sus mismos cuentos, de sus obras. Dejamos de llorar con historias ajenas de amor y empezamos a llorar a familiares caídos en esa guerra si tregua, sin sentido, en un todos contra todos que no respeta ni a protagonistas, ni a primeras, ni a segundas actrices. Todos han huido intentando sobrevivir en el famoso imperio, en Miami o donde sea, hasta con nuevos nombres, nuevas vidas, haciendo campañas y matando tigres para no convertirse en un número más de la estadística mortal de lo que antes se actuaba muy fácil. Todos se dan la mano sin importarles que eran de una o de otra televisora. Luchan sólo por mantener la fama y para que no olviden sus mejores roles: el de sus vidas. Ni siquiera repararan en que pocos años atrás luchaban férreamente por un personaje en horario estelar. El único papel que pueden escoger ahora es el de los supermercados de Florida y bienaventurados ellos que lo consiguen. Ahí se topan con delincuentes arrepentidos que desangraron a la nación, con embajadores corruptos que hacen mercados más abundantes y con actores secundarios que mitigan -como todos- el olvido a punta de videos virales en Internet de entrevistas en las que cuentan el horror que los arrastró al exilio. Se lamentan y describen las peripecias por mandar y conseguir medicinas o alimentos a sus familiares en el país que les dio y les quitó la fama. Ya no los llaman para hacer películas o novelas, ni hay dinero para pagarles porque la mezquindad política cerró los canales de televisión y se coló hasta en los contenidos. El show estelar es la noticia. Los héroes son ahora los malandros, los protagonistas son los corruptos, los alcaldes presos, los que sobreviven el número de muertes, los que no ven televisión ni van al cine, sino que compran videos quemados. Los valientes son los que se van, los que pueden irse, los que se quedan. Ni siquiera Enrique Lazo volvería a vender todo lo que tiene para invertirlo aunque fuera en un cortometraje de los suyos porque productores y guionistas también se fueron. Otros han muerto y ya nadie los recuerda. Leonardo Padrón usa su prosa y creatividad para narrar en periódicos las incidencias de las reuniones entre los partidos de la oposición, cuando antes enamoraba con su verbo y salpicaba de amor y poesía los personajes que le arrancaban lágrimas a los espectadores. “(…) Nadie quería que esto pasara. Estábamos tan mal. Fue la rabia”, se lamentaba Elba Escobar en esa casi biopic de Chávez y su golpe del 4F.

Mimí Lazo pasó se ser la actriz desnuda de <<El pez que fuma>>, en esa Caracas que la vio crecer como a las torres de Parque Central en erección y se convirtió -junto a otras- en una leyenda, en una afortunada de la época dorada cuando en su país había dinero para pagar por su talento. Las arepas que le hacía Elba en <<Borrón y cuenta nueva>> ahora son un lujo que tampoco forma parte de la utilería comestible en la mesa diaria del venezolano. Ahora todo eso es tan sagrado como la ostia que guardaban las monjas en ese convento violado por el guerrillero rebelde que buscaba refugio. El mismo Frank pasó de amante de Macu, a guerrillero de los 70 y luego se puso el uniforme de soldado al mando de Chávez en <<Amaneció de golpe>>, donde al mismo tiempo nos mostró la división y la compasión de esas dos mitades de país. Un único actor contaba con su vida y su trayectoria un poco de esa historia contemporánea de un pueblo que peleaba su suerte a punta de pistola y asaltando el poder hasta con tanquetas, morteros y haciendo derramar mucha sangre de varias generaciones. Cuando las monjas lo acogieron, el gobierno lo eliminó apenas se le acabó la protección divina. Cuando la autoridad celosa se impuso en el barrio, Daniel Alvarado se encargó de dispararle unos cuantos tiros para imponerle su justicia de macho y cuando pidió auxilio a las familias aledañas a la Casona, después de pedir  muerte al presidente corrupto, una empleada negra le hizo un torniquete para que no perdiera más sangre y luego lo volvieron a la cárcel ante los ojos de un borracho que lo miraba con desprecio. La misma rencilla de los blancos y mantuanos hacia el negro y el indio desde la época del <<Taita Boves>>.


Ahora, apartado del calor y los colores del Ávila, lejos de la pestilencia del Guaire y a cientos de kilómetros separado de un Araguaney, intento consolarme con la mentira de que esa lejanía lo pone todo más emocional. Me resulta superficial creer que se me aguan los ojos sólo porque extraño algunos acentos, sabores y lugares de ese país que por ahora ya no tengo. Horas después de despegar los ojos de esa pantalla infinita de mi ordenador, apenas me repongo de una tristeza inexplicable y es que no me convence la idea tonta de que si estuviera en Venezuela lloraría más bien por querer irme. De repente sólo existe una explicación posible: somos todos y vivimos todos ese drama, como si viviéramos en la novela de horario estelar de la que no podemos escapar, aunque comamos, planchemos o cambiamos un bombillo. Somos y seguimos siendo los protagonistas de esa gran tragedia llamada Venezuela. Nos parecemos a esos machos que se creen los más viriles con las pistolitas dentro del pantalón, con las que someten a todos y a su antojo. Machos pero con la misma mentalidad de las amas de casa de telenovela, soñando con la suerte para salir de la pobreza al precio que fuera. Somos ese país de mujeres inteligentes desaprovechadas en la búsqueda enfermiza de la belleza, perdiendo el tiempo y luchando por tener los pechos más grandes que le bajen el paraíso. No se dan cuenta que pueden ser mucho más que eso, que pueden valerse por si mismas, pero prefieren ser sólo capaces de transformarse por fuera. Mujeres que no se creen suficientes sin el matón de barrio en la cama, sin el policía violento que alquila el arma para que otros roben, sin el marido que las denigra, sin el hijo del millonario en la barriga, sin el líder que les ofrece su chicarrón, sin un presidente que les ofrece “lo suyo”.

Los venezolanos somos hombres y mujeres que nos hemos creído la mentira de la televisión, de las películas, de los cuentos que escribían los mismos guionistas que saltan de allá para acá y ahora están en la política para seguir engañando con otros shows más peligrosos que adiestraban. Un país donde sus gobernantes se dieron cuenta que la mentalidad no se cambiaba ni con morteros, ni con bazucas, ni con cañones, ni con bombas, sino con cámaras de televisión.

Muy bien, lo consiguieron. Los Cisneros y otros siempre lo supieron y por ello invertían en machacar y sacarle hasta la última gota de sangre a ese ideal de pobres y  ricos enfrentados. La triste pelea de malandros y magnates. Ya sabemos que se adueñaron de esa verdad y la vendieron al mejor anunciante, en el mejor horario y se volvieron muy ricos cuando todos sólo intentaban descansar y distraerse. Los del gobierno también le mostraron al país su propia telenovela cuando lo cambiaron todo, con nuevos actores, con otros personajes y nuevas formas. Lo usaron también como el mejor negocio para comprar casas en Miami y siguiendo el mismo libreto, pero desde la otra bancada. Años después tampoco pueden ocultar la realidad que ya no se les escapa de las cámaras y del bolsillo. Ya no hay pobres y ricos enfrentados, ahora todos son pobres y los ricos son algunos pocos. El tamaño del monstruo que se salió del guion es tan grande que ya no puede esconderse detrás de la ficción. Hasta las mujeres intentan rebelarse y salirse del molde de Osmel Souza. El telón cae lentamente y empezamos a saber lo que queremos ver. Empezamos a reconocernos por cuenta propia. Por fin volteamos a entender lo que somos. Por fin vimos y vivimos las dos historias y quien no salga a defender la suya, no será el protagonista de su propio destino. No nos perdimos ni un sólo capítulo y como en todo, ahora también nos toca ser partícipes de eso que anuncian y llaman <<el gran final>>.   

El que conoce de rating y éxitos, sabe que siempre llega un punto en el que la gente se cansa de esperar. Todos se cansan de la misma cantaleta noche tras noche. Todos quieren ver ya al villano, al monstruo ultimado, todos quieren ser partícipe de eso. Todo guión tiene el suyo. Una historia buena o mala siempre tiene su fin. Hasta Osmel verá el fin de su reinado, aunque no halle como postergarlo. Es natural. El público siempre quiere ver el final. La gente siempre quiere ser parte de esa gran verdad que extienden para el gran desenlace. Una historia buena, muy alargada, también aburre y las películas más penosas de la historia son esas que prometían un éxito rotundo y lo tuvieron todo, con el mejor elenco y los mejores productores y al final fueron un fracaso tan grande como la expectativa. Hasta esas tienen algo en común, que es un fin, el que a nadie le gusta seguir esperando. Menos cuando no hay más material para un capítulo más, cuando ya se desataron los nudos, cuando las historias ya no tienen más tela que cortar y lo peor: cuando tampoco hay más presupuesto. La telenovela de Venezuela entonces que ya no puede seguir extendiéndose por más que los directores hayan querido alargar su historia. Guionistas, productores y directores saben que siempre llega el momento que todos esperan. Sentémonos a verlo muy cómodos, con cotufas o palomitas, con lágrimas o sin ellas, por las buenas o por las malas. Siempre, tarde o temprano a cada quien le llega su cine millonario y no los sábados, sino el domingo.



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