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Monterrey N.L.

Cortina de goles

La política mundial ha perdido la razón y los gobernados peor, indiferentes frente a un televisor, cuyo único objetivo es embelesarnos con PAN Y CIRCO. 

 

Bien nos cae una distracción con la fiesta del mundial y su cortina de humo inigualable, con la que han conseguido mantenernos hipnotizados, asumiendo también que el entretenimiento y la cultura es un derecho humano. A veces no sé que tanta cultura puede ser ponerse a ver a unos cuantos deportistas corriendo detrás de un balón, pero sí sé que eso ya ni importa. Más bien lo que emociona es toda la parafernalia, las manifestaciones, festividades y la euforia que envuelve el evento, un reflejo más de la degradación de una cultura que nació para unir a muchos países, en una celebración deportiva cada 4 años.

 

Mientras tanto y como todo en la vida, la gente pretende seguir haciendo lo que tiene que hacer, invirtiendo unas cuantas horas de más frente a una pantalla verde, con tomas magistrales y de avances tecnológicos impresionantes, que no parece jamás la trasmisión de un partido de fútbol.

 

Muchos de los gobiernos de distintos países aprovechan ese embelesamiento futbolero para impulsar políticas antipopulares para ellos afianzarse en el poder y así continuar gozando de las prebendas que de ninguna forma merecen.

 

Otros mandan a sus hijos, esposas y familiares a disfrutar del rumbón en Brasil, como ellos quisieran hacerlo. Entonces allá prefieren quedarse o lanzarse de los cruceros, por borrachos o por suicidio, antes de tener que asumir la verdadera realidad, las críticas y la resaca en los días venideros, una vez se acabe la fiesta. Pero antes de que todo acabe el presidente mexicano aprovechará la ocasión para ondear su bandera tricolor -con la misma hipocresía de muchos de los fanáticos- mientras vende y regala a conveniencia los recursos mineros de la Nación y mientras todos se enamoran y hacen memes de Ochoa, de El Chicharito, de Rafa Márquez, et all.

 

La canciller de Alemania, confesa fanática del fútbol, prefiere tomarse un vuelo privado de más de 9 horas para llegar a otro continente y metérsele en los baños a los atletas de su equipo favorito, antes que tomar vuelos de menos de dos horas para hacerle frente a los problemas de su propio continente, uno que se mantiene en crisis, en gran medida gracias a sus políticas económicas, desfavorables para la mayoría de los países vecinos.

 

En Brasil, un país gigantesco del mismo tamaño de sus problemas sociales y económicos, su presidenta se ve comprometida, no sólo por aparentar que su país sí puede ser ejemplo de una izquierda de gobernabilidad y estabilidad, sino que también tiene la obligación de continuar con la fanfarria mediática y arrogante de que Brasil sería el mejor país anfitrión de un Mundial de fútbol, como lo prometió su antecesor, Lula da Silva, con aquella modestia de megalómano. Todavía destinando y desviando numerosos recursos en la construcción de majestuosos campos de juego, hoteles, vías de comunicación y centros turísticos improvisados -recursos que muy se pudieron haber invertido en proyectos sociales- todavía Brasil no demuestra haber sido el mejor anfitrión, ni demostró una planificación siquiera modesta que sorprendiera ante tanta propaganda.

 

En España asciende al trono un Rey que no se corona, en medio de una crisis monárquica y moral, manchada de deplorables casos de corrupción y con un discurso casi franquista, abrazando ideales nacionalistas e incluso enamorando a muchos de los diputados de izquierda que esconden sus aplausos por debajo de sus curules. Felipe VI pretende limpiar la basura real que deja su padre y el resto de su familia, asumiendo posiciones y girando directrices como jefe de Estado, aferrado a una constitucionalidad de dudosa procedencia y de la que se aprovecha para no permitir otra vías constitucionales que pudieran reformar la Carta Magna, la única que pudiera barrer todo el desastre real, una de las causas que tiene a los españoles sumidos en una crisis -de todo tipo- sin precedentes. Sin embargo en la Madre Patria, cuando se intenta convocar a un referéndum, el partido corrupto -pro monarquía- y de gobierno siempre es el que gana, la mitad de la gente acude a las urnas y luego todos se dan la mano en Sol, en Cibeles o en cualquier plaza de España, para celebrar los triunfos y partidos de La Roja, aunque la copa sea Europea y aunque se les olvide que ya ni siquiera quieren ser parte de la Unión que los ahorca. Aun y las pérdidas de la selección futbolera dan de que hablar y se confunden con el descontento ante los cambios en el Palacio de la Zarzuela. Piqué y el novio la Carbonero tienen más audiencia que las elecciones parlamentarias europeas recientes y en Cataluña, donde muchos ni siquiera se sienten españoles, aumentan las votaciones para los miembros que enviarán a Bruselas. ¡Nadie entiende!

 

Hablando de las elecciones parlamentarias y del mismo continente, todos parecen sorprendidos en Francia ante la victoria de la ultraderechista Le Pen, con su Frente Nacional, algo así parecido a un partido nazista de los nuevos tiempos que recoge el descontento nacional ante la oleada de inmigrantes que aprovechan sus prebendas franco-sociales. Después de que Francia arrasara con el continente africano y obligara a los ciudadanos de sus colonias a hablar francés por decreto, ahora no los quieren, ni siquiera en suelo Europeo. Ahí mismo, en las costas mediterráneas pero de España, sorprende el auge -sobre todo mediático- del partido de izquierdas, Podemos, que alcanzó un importante número de parlamentarios para el congreso de Europa. Pero Pablo Iglesias, con su tono pausado y su cinismo fabricado, no le debe tanto su triunfo a sus votantes engañados, como sí al gobierno de Venezuela, específicamente por el apoyo ideológico y económico del fallecido presidente venezolano, quien desviaba y usaba la caja chica del Estado, de su partido y de PDVSA -toda la misma bolsa de dinero- para financiar las fundaciones y operaciones del político ibérico, juntando hasta más de 5 millones de dólares, cuando los venezolanos sufren y sobreviven, sin conseguir en los anaqueles de los mercados, ni medicinas, ni leche, ni huevos, ni aceite, ni siquiera papel de baño para limpiar el emplaste que ha dejado y sigue dejando el chavismo, ahora con un tal Maduro que sí se cree rey.

 

En el resto de Suramérica también aprovechan el mundial como teatro para ensartarle a la gente, entre pecho y espalda, inflaciones monetarias históricas, como lo están haciendo en Venezuela, mientras continúa la represión del gobierno  contra los estudiantes que protestan con todos derecho. Pero allá la gente también “disfruta” del mundial, si es que no se va la luz a cada hora.

 

En Colombia, donde todos están fascinados con los triunfos de la selección, acaba de ser reelegido el presidente Juan Manuel Santos, en una de las contiendas más descaradas de la historia de ese país, con el uso desmedido de todos los recursos del Estado en favor del candidato presidente, tal y como seguro lo aprendió de su fallecido par venezolano, quien repartía los recursos de la nación a diestra y siniestra, pero sólo cuando estaba en campaña. La segunda vuelta le dio la victoria a Santos con un reducido margen entre su contrincante <<uribista>>, Óscar Iván Zuluaga, al tiempo en que todos estaban enamorados de James Rodríguez y sus primeros goles en su prometedora carrera.  

   

Mi abuela decía: <<que Dios nos agarre confesados>>, pero no creo que confesos sea como los políticos y el resto quisiéramos ser sorprendidos, después de la fiesta del Mundial Brasil 2014, cuando tengamos que recoger los vidrios y lo que quedó  de tanta demagogia, efusividad y engaño. La mejor parte de las ganancias se la quedará la FIFA y sus patrocinadores, promotores de cuanta marca, productos y mensajes se les ha ocurrido atapuzar. Los fanáticos guardarán sus banderas para desempolvaras dentro de cuatro años y al cabo de un mes sólo quedará la foto más retuiteada de la Merkel junto a futbolistas sin camisa, la de un rey sin corona, la de una sarta de presidentes vendepatria sin los balones bien puestos para jugárselas por su gente y la de una selección latina abrazando la copa del mundo, en un país que se muere de hambre, pero que al igual que el resto del continente, estará muy orgulloso de tener una estrella pegada al uniforme. De eso se trata todo. ¿O no?

 

  


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