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Monterrey N.L.

El paraíso de Juana

En los años cuarenta, un grupo de literatos y artistas mexicanos, encabezados por Diego Rivera, ponderaron en un manifiesto las ventajas de la Cannabis sativa, mejor conocida como marihuana. El desplegado, que apareció en los principales diarios de la Ciudad de México, era tajante en su propuesta: la marihuana es una planta que propicia la creatividad artística: Juana te anticipa una dosis de paraíso, aunque no te portes bien.

La anécdota desapareció de muchas biografías de Rivera y se convirtió en leyenda urbana. Las buenas conciencias ganaron por varias décadas la partida: la marihuana se confinó en las catacumbas de lo underground. Pasó a la ilegalidad sin matices aunque no pasara de ser una mera distracción recreativa.

Ahora, con la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que permite el cultivo de marihuana con fines lúdicos, la socorrida planta vuelve a ponerse en el tapete de las discusiones. Y adelanto su aprobación en las leyes secundarias: la marihuana terminará por tener carta de naturalización en México con o sin la aceptación del Ejecutivo, con o sin el visto bueno de las mentes  reaccionarias. Por supuesto, falta mucho camino por recorrer, muchas víctimas del narcotráfico por contabilizar y muchas cabezas cerradas por abrir a golpes de sentido común. El paraíso de la creatividad sigue siendo un coto vedado.

Quien consume marihuana no es necesariamente una persona violenta. Eso lo ha comprobado la ciencia. Nadie podrá asociar marihuana con violencia. Bajo los efectos de la marihuana, es poco probable que el consumidor actúe con agresividad. De hecho, sucede usualmente lo contrario. Pero pocos analistas lo dicen así, con todas sus letras.

Por supuesto, los efectos que sufra el consumidor de marihuana dependerá de la dosis, además de la forma como su cuerpo la absorba (no siempre es inhalada). También entran otros factores como la frecuencia con que se administre. Nunca será igual que la primera vez. De ahí que el grado de entretenimiento sea variable; la marihuana no siempre es igual de recreativa; tiene variación en sus reacciones y efectos.

Por supuesto, en el caso de un individuo violento, la marihuana difícilmente le frenará  la agresividad que yace en su subconsciente. Pero la culpa de este exceso de comportamiento anormal, de esta actitud antisocial, no es de la marihuana: es de quien la consume, de su actitud desinhibida y su propio carácter cerril. Pero la marihuana no produce dependencia. En ese aspecto, es una planta psicoactiva benévola.

Por supuesto, existen los adictos que mezclan marihuana con otras sustancias químicas. O con alcohol. O cocaína o metanfetaminas. El comportamiento agresivo de quien consuma esta mezcla de sustancias será derivado de la porción de cocaína o metanfetaminas que consuma, no de la marihuana. Cabe marcar esta diferencia.

Eso parecen olvidarlo quienes condenan sin sustento  el uso de la Cannabis y reniegan absurdamente del paraíso de Juana. Lo cierto es que una vez más, el arte, personificado en este caso por el pintor Diego Rivera, se adelantó a la legislación en México y a las buenas conciencias en cuya cerrazón recae mucho de la violencia y guerra social que padecemos desde hace años en México. Los sectores reaccionarios también son culpables de este ambiente salvaje en el que está sumida la sociedad mexicana. Con todo y su afán de santiguarse cada vez que ven, de reojo, tanta sangre de inocentes derramada.

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