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Monterrey N.L.

Santo mezcal, dulce compañía

En Oaxaca han aprendido a construir mitos a partir del comercio. Uno de estos mitos es suponer que Santiago Matatlán es la capital mundial del mezcal. Si lo es o no, da lo mismo. La cosa está en que el turismo se lo crea. Y compre todas las botellas que pueda, con su correspondiente gusanito adentro. Los lugareños se han dado a la tarea de cultivar en todos los metros cuadrados posibles, magueyes espadín y los silvestres, que saben mejor (cuestión de gustos) como el tobalá y el sirial. Antes, lleguemos a pernoctar (y tomar obviamente) a Tlacomula de Matamoros.

 

Viaja uno por la angosta carretera, y los palenques mezcaleros, unos más grandes que otros, se levantan como faros opacos en la aridez de los Valles Centrales, al lado de los plantíos. Los hornos cónicos de piedra destilan un aroma a miel y bagazo quemado. Cerca de la carretera, en San Jerónimo Tlacochahuaya, una pareja se ha casado en el templo del siglo XVI, y las celebraciones van en su séptimo día. Hasta la novia terminó borracha y anda dando tumbos por el pueblo como Llorona vestida de blanco y con el pomo en las manos.

 

No sería mala idea armar un palenque de cultivo y fermentación de mezcal en Nuevo León. Contra lo que se piensa, en el siglo XIX Villaldama y lo que ahora es Bustamante no vivían tanto de las minas, sino de la producción del llamado vino mezcal. Y no les iba mal en el negocio. En Tamaulipas lograron montar hace años cerca de Soto La Marina la mezcalería El Tinieblo (que a mí en lo personal me resulta más que aceptable) y sus plantíos no se alcanzan a cubrirse a simple vista; así han prosperado sus dueños.

 

Como puede verse, los regiomontanos venimos en procesión a Oaxaca como matachines sedientos (lengua de fuera y pies hinchados) por un objetivo simple, que es ingerir toda la producción posible de mezcal que se agota por exceso de demanda, y habrá que esperar otro par de años para compensar lo consumido hasta ahora. Si uno se pone listo, en Oaxaca hallará el mezcal de la eterna juventud (o no hallarás nada pero la paseada quién te la quita). Es cosa de dedicarle tiempo y pasión al asunto. Y tomar comunalmente en jícara el dichoso elixir, una forma poética de invitar a la borrachera pareja y sin escalas.

 

En la fonda La Zandunga, donde comí tasajo y molotes, me sirvieron un mezcal espléndido: “Real Minero”, del agave llamado cuishe, en olla de barro. Muy recomendable. En la noche, en otra fondita muy de a tiro, me dieron a probar una maravilla: “Pluma Negra”, maguey tepextate. Otro mezcal que uno debe tomar antes de morir (porque si no la vida no es vida) se llama “Reserva del Chégalo”, de agave papalomé, fermentado en tinajas de cuero de res, técnica de la que guardo mis reservas de que sea cierta e impregne verdaderamente con olor a carne el cuerpo del brebaje. Eso sí, como quiera di cuenta de la pócima.

 

Si me regresara a Monterrey a caballo, me llevaría en las alforjas todas estas botellas que he mencionado. Pero como voy en avión, pues no puedo. A lo mejor le pido al Bronco que le de raid a mis botellas, porque según él recorrerá toda la República a caballo. Que le sirva de algo tanto viaje de oquis.


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