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Monterrey N.L.

La historia de cada fin de semana.

¿Se acuerdan de los alcoholímetros? Claro, pues cómo olvidarlos si todavía existen y son un pain in the ass, sobre todo para los que al final de la fiesta el calor los obliga a tomarse una cerveza antes de partir a su hogar y ¡oh, sorpresa! te tocó un alcoholímetro (o antialcohólica, como le decimos en Monterrey). Te hacen la prueba y sale con aliento alcohólico. Eso significa que debes pagar una multa al instante y además que alguno de tus amigos sobrios (se supone que tú eras el sobrio) maneje tu carro.

Por si no fuera poco la odisea de buscar quién te preste dinero (la multa a pagar es desde 4,700 pesos) te obligan a que alguien sobrio vaya y maneje tu carro para que llegues sano y salvo a tu hogar. En este punto, estoy refiriéndome a los que evidentemente NO se encuentran en estado completo de ebriedad, a los borrachotes sí, que vayan por ellos, no manchen.

Bueno, pues continuando con la odisea del alcoholímetro, imagínense un sábado tratando de encontrar un amigo sobrio. Como una aguja en un pajar. Obvio la mayoría de tus amigos Godínez y no Godínez aprovechan su sábado para quitarse el estrés y perderse en el alcohol. Cada quien sabrá como regresará a su casa, pero tú, que estás ahí varado en medio de una injusticia (recuerda que no estás borracho, te tomaste UNA cerveza) no puedes moverte.

Después de haber pagado la multa, que es casi tu sueldo quincenal obviamente prestado en ese momento, y después de haber marcado varios teléfonos de tus amigotes sin tener  éxito, la persona  que te hizo la prueba, te dice amablemente que tu carro se lo pueden llevar…pero al corralón, y que mañana puedes ir por él y pagar una módica cantidad. Como ya no puedes del coraje y evidentemente ya no tienes más dinero, lo que te queda es pedir ayuda a los policías ahí presentes:

“Por favor poli, hágame el paro, usted sabe cómo son estas pruebas y salió positivo por la única cheve que me tomé antes de venirme. Mire, si quiere le hago un cuatro, le digo un trabalenguas, lo que quiera, pero écheme la mano y llévese mi carro usted, ándele”. ¡Tuviste suerte! No sé cómo pasó pero te ayudaron, ahí va el amable y violador de la ley (porque eso que está haciendo está penado) policía manejando tu carro hasta tu casa. Otros no corren con tanta suerte y sólo ven su carro irse entre las garras de una grúa y esos malvados trabajadores que aunque se parten el lomo trabajando a esas horas para llevarse los carros de gente borracha y necia para así poder comprar alimento y educación a sus 4 hijos y esposa en casa, le echan ochocientasmil maldiciones, como si el pobre no tuviera suficiente.

Pues ni modo, así es esto de la antialcohólica. A veces se gana y otras se pierde. Pero benditas aplicaciones y benditos administradores de twitter que nos alertan por dónde no pasar. Aunque lo mejor sería viajar seguro y no andarle jalando la cola al diablo.

Y prepárarense, porque ahora nos quieren poner “mariguanómetros” (empezando en el DF). Así es, rían mil. No entiendo cuál sería el punto si todo mundo sabe que no es lo mismo reír que llorar, o sea, no es lo mismo echar humo que echar agua, no es lo mismo verde que amarillo, no es lo mismo, pues.  Y todo esto por la propuesta de regularizar el consumo de mariguana en el Distrito Federal. En teoría no es lo mismo, pero algunos se ponen igual de tontos. Otros así nacieron, (bueno, nacimos) además, a estas alturas no sé si habría más mariguanos que borrachos.  O ¿por qué mejor no ponen “estupidómetro” en el congreso?  ¿A qué le temen si todos son bien listos?


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