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Monterrey N.L.

In memoriam: Ignacio Padilla

Tierra De Nadie
Por Walid Tijerina




En alguna columna pasada, enterrada en Tierra de Nadie, escribí sobre las implicaciones políticas de la Guerra Fría y de cómo ésta última generó una plataforma (inesperada) de lo que sería el Boom Latinoamericano de literatura con sus cuatro caballeros –García Márquez, Fuentes, Vargas Llosa y Cortázar. El Boom fue un auténtico apocalipsis literario y cultural para América Latina –aunque “apocalipsis” en su sentido original.

Como apunta Claudio Magris, “Apocalipsis, en griego, significa revelación, descubrir y poner de manifiesto las cosas escondidas”. En este sentido entonces, los cuatro escritores mencionados multiplicaron al caballero blanco, armado con el verbo divino, para combatir a los cuatro jinetes que habían tenido a América Latina en un hermetismo literario. América Latina sufría de hambre de público. Sufría hambre de lecturas pues muchos libros había que importarlos a precios altísimos de otros países europeos. Sufría del flagelo de la censura en algunos países y del aislamiento regional. Pero el Boom finalmente proyectó al artista literario al mundo entero, desde la cima, como ese Dylan en A Hard Rain’s A-Gonna Fall que desde la montaña reflejó su voz y su arte para que todas las almas la vieran. El Boom literario fue un ciclo. Y al final de éste, su sombra se extendió abrumadoramente sobre las siguientes generaciones.

La búsqueda de sus herederos podía asustar a cualquiera. Tal vez lo más saludable era distanciarse de posibles herencias. Y esto fue lo que hizo la generación del Crack, con sus pioneros Jorge Volpi e Ignacio Padilla. En su manifiesto del Crack, se deslindaron voluntariamente del Boom literario, lo que ellos buscaban ahora era una literatura más universal, sin regionalismos. Para los autores del Boom, América Latina todavía era un mundo que debía ser (re)creado. Por esto es por lo que Carpentier decía que al escritor de América Latina le correspondía nombrar todas las cosas. El verbo adánico en acción. El verbo divino del apocalipsis.

Pero Volpi y Padilla llegaron en un tiempo en que América Latina ya tenía nombres, capitales y hasta países ficticios como el de Macondo. El exilio creativo y hasta personal parecía ser el siguiente paso para ellos. Querían apegarse más a Borges (y a su literatura universal y trans-histórica) que a Fuentes. Y con esta meta tomaron al mundo literario por sorpresa. Padilla con sus primeros premios literarios, hasta tres en un mismo año, a mediados de los noventa. Después, en el 2000, con la iluminante Amphitryon y Volpi, a su vez, con En busca de Klingsor. En ambas novelas, las Guerras Mundiales y su contexto europeo son el paisaje recreativo de las obras. Ahora más que nunca, el escritor latinoamericano asumía la globalidad del lenguaje o lo que Bakhtin llamó “polyglossia”. Y en esta globalidad, los dos escritores siguieron maravillando a lectores tanto nacionales como internacionales.

A final de cuentas, Padilla y Volpi no pudieron escapar la herencia del Boom. Gerald Martin, en su ilustrativo “Journeys Through the Labyrinth” sobre la ficción latinoamericana, los nombró como los “verdaderos herederos” del Boom. Y, cómo son las cosas, justamente leía estas páginas de Martin cuando me enteré minutos después del fallecimiento de Ignacio Padilla en un accidente automovilístico. Sobra decir que la noticia me dio enorme tristeza. ¡Una gran pérdida para la literatura! Y literatura a secas sin necesidad de fronteras o demarcaciones nacionales.

Luis Bugarini lo dijo mejor: “Desde la muerte de Jorge Ibargüengoitia, las letras mexicanas no habían padecido una tragedia de estas proporciones. Se extingue una posibilidad, no obstante, una parte de la obra de Padilla ya existe para todos y se vuelve necesario regresar a ella”.



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