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Monterrey N.L.

A la busca del mezcal perdido

Buscar buenos mezcales tiene su grado de riesgo, incluso físico. Hace años me fui en una camioneta vieja a Omiltemi, en el estado de Guerrero, a treinta kilómetros de Chilpancingo, por pura terracería. Todavía no asolaba el narco esos parajes y las cosas aún no acababan mal. 

A la mitad del camino leí en un letrero escrito a mano: “Vienvenido a Ranchería Xocomanatlán”. Frené la camioneta al lado de unos huejotes, árboles muy grandes, casi como el de Santa María del Tule. 

A lo lejos divisé los peñascos escarpados y las estribaciones de un cerro y unas mulas muy bien enjaezadas a pesar de la pobreza circundante y de que las cosas ya estaban acabando mal. 

Resultó que ahí, junto a un figón destartalado, estaba una destilería de mezcal muy rústica pero bien montada que años después destruyó por completo el cultivo de amapola. Los lugareños usaban un sombrero jarano muy pintoresco, bañados con resina de ocote. 

Los magueyes no se cultivaban sino que los mezcaleros echaban mano de uno silvestre que si mal no recuerdo le llaman cupreata y lo agarraban del vil monte. Las piñas que amontonaban en unos tejabanes podían pesar casi cuarenta kilos cada una. 

En botes de plástico me llevé a mi casa de la Ciudad de México varios litros de mezcal, uno de los mejores que he probado en mi vida. Se acabó en un dos por tres en una comida dominical que celebramos varios amigos y yo, con mole de jumil y semitas tixtlecas. 

Ojalá algún día pueda volver a Xocomanatlán ahora secuestrada por el crimen organizado. Hay cosas que acaban mal porque si no, no acaban.

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