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Monterrey N.L.

Catalanes sin España

Mario Vargas Llosa ha publicado un artículo tendencioso en contra del intento secesionista catalán: La hora cero (El País, 10/1/2017). Dice conocer “los altos niveles de testarudez e irrealidad que conlleva todo nacionalismo”, en el entendido, según él, de que el nacionalismo es una “anticuada, provinciana y aberrante ideología”. Pero se olvida que cualquier Estado, como el español, carga un nacionalismo intrínseco, a escala superior. En ambos casos se trata de entes imaginarios, uno más chico, otro más grande. Sin embargo, no puede acusarse al más chico de “ficción perniciosa”,  o de “fabricación mentirosa” y exculpar al más grande.
Vargas Llosa acusa a los dirigentes del Govern catalán de “fanatizados recalcitrantes” y de suscitar “el monólogo patético de una minoría ciega y sorda a la racionalidad”. ¿A cuál de todos los tipos de “racionalidad” se refiere el escritor? Sin duda a uno que se apegue “irrestrictamente” a la ley. Como trasnochado virrey, para Vargas Llosa lo que no está dentro del cerco legal, es irracional. Olvida así que la ley del Estado también puede llegar a ser una simple validación legal del poder político, abusivo y autoritario.
Es cierto que los nacionalismos “han bañado de sangre y de cadáveres” la historia, como por otro lado también lo ha hecho el Estado en todas sus versiones y expresiones. Pero se abre un abismo de ahí a suponer que el soberanísmo catalán aspira a salir del “Euro y de la Unión Europea”. El Reino Unido, por ejemplo, se salió de la Unión Europea hace poco, y al Euro nunca entró en esos lares, por acatar la voluntad del nacionalismo “grande”, mientras patalea por mantener atados y bien atados sus nacionalismos “chicos”: Escocia e Irlanda. 
Vargas Llosa usa el verbo “robar”: los independentistas creen que “España roba a Cataluña” a pesar de quinientos años de historia en común. ¿Y los robos como cualquier crimen expiran con el paso de los siglos? Legalmente sí. ¿Y si los catalanes piden la independencia es sólo porque se sienten estafados? No, los catalanes piden su independencia porque se saben (no nada más se sienten) básicamente catalanes.
Pero Vargas Llosa sustituye los argumentos con adjetivos descalificativos: los secesionistas catalanes son seguidores del “provincialismo racista y anacrónico del nacionalismo”. Con lo que el escritor, ciego y sordo, cancela cualquier posibilidad de diálogo con la contraparte, y peor, contradice el principio del buen narrador moderno: ponerse en los zapatos del otro.
Cualquier tipo de Estado, no solo él nacionalismo como supone Vargas Llosa, se basa en mayor o menor medida en el adoctrinamiento de su población: todos los Estados lo hacen, abierta o sutilmente. Así se crea la historia patria, el imaginario de la cohesión colectiva, el folclor y las tradiciones comunes. ¿Qué tanto hay de artificio en este mosaico estatal? Todo lo que se quiera y busque. Sin “fabricación mentirosa” (para usar la terminología extrema de Vargas Llosa) no hay Estado, así de simple. 
Quizá para acuerdos comerciales, como dice el escritor peruano (o español, o iberoamericano o ciudadano del mundo, o como él quiera denominase que a estas alturas lo mismo da) “España necesita a Cataluña tanto como Cataluña necesita a España”. Pero los catalanes necesitan más a los catalanes, y todos los seres humanos necesitamos de todos, al margen de nacionalismos chicos y grandes, y de entes abstractos como el Estado, que se inventa para su propio beneficio sentidos de pertenencia y deslindes ficticios entre racionales (nosotros) y fanáticos (ellos, porque no piensan como nosotros).

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