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Monterrey N.L.

De los comanches a los catalanes

Hace años, en un viaje a la antigua región comanche, en el sur de Texas, me hice amigo de una joven indígena llamada Makawee. Me contó que siendo niña, se la llevó su tío, un viejo quahadi, a galopar muchas millas por la pradera, alejados de la ciudad y de su num-an-nuu, en el corazón de las llanuras septentrionales, que era la Comanchería.

El quahadi sostenía con la mano derecha una larga lanza, y la niña Makawee a sus espaldas, en la grupa, se entretenía con un arco corto de fresno, con cuerda de tendón de gato montés, y un atado de flechas, hechas de ramas de cerezo y metal afilado. La niña tensaba el arco y apuntaba a las parvadas de cuervos, pero no le atinaba a ningún blanco.. Sabía que, como pésima arquera, tendría que resignarse en su pueblo a adobar pieles de res, tarde, mañana y noche raspándoles la piel para quitarles la carne, ponerles cal para quitarles la grasa y restregarlas con el propio seso del animal para quitarles lo correoso; eso la aburría como nada más en el mundo.

Mi amiga Makawee quería hacer cosas grandes, como las que emprenden los hombres. Urdiendo sus fantasías, no vió al caballo salvaje, colorado cuadralbo, que salía de un escarpado, donde había un abrevadero y corría entre los matorrales. El tío picó las costillas a su caballo y se descolgó por el flaco derecho tras el mesteño que se sabía perseguido. La niña tomó una cantimplora, batallando con el viento caliente que le volaba sus cabellos y sorbió unos tragos entre las sacudidas del galope, sin esperar más tiempo para preguntar:

—¿Por qué Texas dejó de ser un día territorio mexicano?—

El quahadi primero no la escuchó, o fingió que no la oyó, porque sacó una reata sujeta a la montura mientras apretaba las piernas para balancearse sobre su silla. Acortó el espacio entre ellos y el mustang que galopaba a punto de ser capturado. La cantimplora cayó de las manos de Makawee al suelo, rebotando a lo lejos.

—No se — respondió el quahadi, molesto —. Quizá los tejanos querían independizarse de los mexicanos y ahora de los yankees.

Tras medir una distancia prudente, de una primera y única lanzada, el indio echó el lazo a las patas del caballo salvaje y jaló el nudo, para apretarlo. El animal cayó brutalmente y se revolcó en el suelo, sobre una nopalera.

—¿Qué significa independizarse?

—Dejar la nación donde estás, pero llevándote el suelo contigo — dijo el quahadi mientras se bajaba de su caballo, con la soga agarrada entre las manos; aflojaba y estiraba, a intervalos regulares. Se acercó al mustang tendido en la nopalera y le miró el cuello inflamado, sudoroso, a punto de reventar. Era un animal pequeño, de apenas catorce palmos menores de alzada. Aflojó el nudo y dejó que el animal respirara con menos tensión; le acarició el morro y las corvas para tranquilizarlo.

—¿Y qué es una nación?

El indio sopló en los ollares del mustang varias veces, para amansarlo, tomándolo con fuerza del hocico. Miró de reojo a la niña, mi amiga, parada al lado suyo, con el arco y las flechas al hombro. A punto de patearla para alejarla de él, se contuvo. Paseó una correa de cuero por el belfo del animal, lo embridó y le ordenó a Makawee, mi amiga, que subiera como pudiese a las ancas, sin montura, en el vil lomo. Tendió un lazo de la grupa de su propio caballo y acarreó al mustang domado, con la niña montada trabajosamente. Así emprendió de nuevo el trote al campamento de los num-an-nuu.

—Una nación es un corral de gallinas cluecas — le dijo a mi amiga.

—¿Como nosotros, los quahadis?

—No, nosotros no somos gallinas cluecas, nosotros somos los únicos amos de estas tierras texanas, los dueños de la Comanchería.

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