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Monterrey N.L.

El estilo personal de dedear a Meade

En México, los mandatarios priistas nunca han sabido dedear sucesores. Por el afán de demostrar su poder, o por mantener la tradición del dedazo, eligen al candidato presidencial de su partido con rudeza innecesaria, con falta de tacto y casi únicamente “por sus pistolas”. 


No es un secreto para nadie que Peña Nieto quiere nombrar a José Antonio Meade como sucesor suyo, pero la imposición puede fastidiarse por el escaso talento para deslizarlo sutilmente entre los demás presidencias.  


En México, ya se ve, no hemos vivido una maniobra política tan de alta escuela como la que llevó a Adolfo Suarez a la Presidencia del Gobierno español. Vale la pena conocerla, porque en sí misma destila una sabiduría maquiavélica que engrandece a un personaje ahora desconocido (Torcuato Fernández Miranda, presidente del Consejo del Reino y de las Cortes).


Tras la muerte del dictador Franco el Consejo del Reino tenía que proponer un candidato al entonces Rey Juan Carlos para que éste lo designara Presidente de Gobierno. El problema consistía en que todos los miembros del Consejo del Reino eran franquistas de la vieja guardia, dinosaurios (sin alusiones personales) que habían sido nombrados por dedazo por el difunto Francisco Franco y que se creían con derecho a seguir chupando de la ubre del poder hasta su muerte (otra vez sin alusiones personales).


Juan Carlos tenía la intención secreta de nombrar al joven reformista Adolfo Suárez (su “tapado” como quien dice), pero los viejos consejeros estaban decididos a boicotear la decisión del monarca. Entonces, el Rey ordenó a un sabio de colmillo retorcido, Fernández Miranda, que inventara un sofisticado sistema de votación para los consejeros del Reino, capaz de manipular sutilmente la intención de voto de estos ancianos testarudos.


¿Cómo operó Fernández Miranda este truco de elección interna para que ganara el desconocido Adolfo Suárez? Primero diseñó un sistema de ternas con grupos de candidatos. Torcuato le dijo a los consejeros que la línea era que no había línea y que ellos eligieran de esos grupos a quienes más quisieran. En cada grupo de candidatos ubicó a dos consejeros de corrientes opuestas, peleados a muerte (católicos y tecnócratas, por ejemplo, o falangistas y tecnócratas) y en el lugar que quedaba coló despistadamente a Suárez. Así realizó sucesivamente varias tandas de eliminatorias.


Por tal de descartarse las corrientes unas a otras, los consejeros que votaban a cada grupo terminaban momentáneamente decidiendo por el desconocido Adolfo Suárez. Obviamente, cada consejero hubiera preferido votar al candidato de su propia corriente, pero para evitar que ganara el adversario, le daban por lo pronto su voto al descolorido Suárez, metido “de relleno”. Al cabo (pensaban los consejeros) en la siguiente eliminatoria “de ninguna manera va a salir este pobre chico”. Finalmente, Fernández Miranda, luego de sucesivos descartes, logró hacer vencedor al candidato con más escasas preferencias: Adolfo Suárez, quien fue nombrado al día siguiente presidente de Gobierno por el rey Juan Carlos.


Ninguno de los franquistas del Consejo del Reino se dieron cuenta de que habían sido manipulados finamente por Fernández Miranda, hasta que fue designado el “tapado” y entonces sí, sarcástico y perverso, el viejo manipulador declaró ante la prensa una frase que hizo época porque despertó de su letargo a los incautos: “Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido”. Muchos franquistas no le perdonaron a Fernández Miranda la burla y lo odiaron hasta el final de sus días. Ya desde el gobierno, Adolfo Suárez encabezó la célebre transición democrática de aquél país.


¿No cree usted, lector, que quedan muchas lecciones para la forma de hacer política en nuestro país? Pero la placeada de José Antonio Meade ya vuelve irreversible el proceso de que Peña Nieto lo nombre por aparente descarte. Solo queda, por lo tanto, el dedazo vil y ruin. 


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