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Monterrey N.L.

El terremoto de Humboldt

Apenas llegó a Acapulco el barón Alejandro de Humboldt, en 1802, procedente de El Callao, en Perú, y los mexicanos lo recibimos con un par de movimientos sísmicos. Ni él ni su novio, Carlos de Montúfar, eran de ánimo trágico, así que resistieron con naturalidad las inclemencias telúricas. 

La carta que Humboldt le escribió a su hermano Wilhelm desde Acapulco es reveladora: “Los vapores que cubren la atmósfera de aquí, como si fueran humo, avisan de la inminencia de los terremotos. Sólo en estos tres últimos días hemos tenido dos y en tres meses se han sentido dieciocho". 

Y sigue el barón con su análisis: "Los temblores son anunciados por un fuerte ruido subterráneo y van seguidos de ráfagas de viento como si fustigara un huracán. Se trata de un ruido sordo, tanto más espantoso porque suele ser de gran duración”.

Humboldt no estaba aún muy versado en terremotos, pero se volvería pronto un erudito en la materia, sobre todo, porque no atribuía estos accidentes a dioses malignos que quisieran vengarse de nosotros ni a la llegada de ningún Apocalipsis. Tampoco atribuía los temblores a la mala suerte. Son cosas que pasan por factores naturales. Así de lamentable, pero también así de simple.

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