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Monterrey N.L.

Feministas a la mexicana

Frida Kahlo es referencia de la mexicanidad, pero en los años XX perfiló sus rasgos feministas gracias a la influencia francesa. Ser afrancesado era sinónimo de malinchista. Para Germán List Arzubide, uno de los líderes del movimiento estridentista: "la moda de París permitía estar cerca de los que tenían dinero y poder".

 

Sin embargo, Kahlo, de origen teutón (su nombre Frieda quiere decir paz en alemán) se inspiró en Francia mas bien para asumir una actitud estética, como Nahui Ollin, la italiana Tina Modotti o Antonieta Rivas Mercado (la más afrancesada de las tres, por su vínculo sentimental con aquel país, donde vivió largas temporadas con su padre, el arquitecto Antonio Rivas Mercado y que se suicidó en París, en 1931).

 

En su adolescencia y juventud, cuando militó en el grupo preparatoriano "Las cachuchas", sin muchos recursos económicos porque su padre Guillermo Kahlo era fotógrafo de edificios porfiristas venido a menos, Frida fue lo que se conocía como flappers: muchachas que andaban solas, que conducían coches, mudaban de amantes, usaban el cabello cortito estilo bob cut y vestidos entallados, decían groserías y tenían posiciones políticas de avanzada. Quizá la primera influencia feminista de Frida fue su propia hermana Matilde, que huyó de su casa familiar con un novio de quién se embarazó muy pronto y siempre fue como una segunda madre protectora para la futura pintora, a quien se llevó a vivir a su pocilga tras el trágico accidente del tranvía, el 17 de septiembre de 1925. Un escritor de la época (prefiero no mencionar su nombre) las tildó de prostitutas sofisticadas. Nada más alejado de la verdad.

 

Las flappers, al menos en México, fueron heroicas descendientes de dos tipos femeninos: las chinas poblanas, "de enagua roja", mujeres autónomas de clase baja, que tanto desvelaron a Guillermo Prieto, y las “grisetas”, costureras de la Ciudad de México, muchas venidas de París, sin pareja estable, con ingresos propios y que solían trabajar para la casa de vestidos de Madam Marnat, en el centro comercial “La Sorpresa” (el primer centro comercial de México, de finales del siglo XIX, donde ahora está el Hotel Mayestic), o para alguna otra modista de renombre. Las grisetas eran mujeres liberales, que paseaban solas (¡supremo pecado!) por Plateros (después calle Madero), y eran muy aguerridas con su independencia. Emile Zola les dedicó su novela “El paraíso de las damas”, y en México los modernistas, comenzando por Manuel Gutiérrez Nájera, les escribieron poemas: el más popular, La Duquesa Job: "Toco; se viste; me abre; almorzamos; / con apetito los dos tomamos / un par de huevos y un buen "beefsteak" / media botella de rico vino, / y en coche, juntos, vamos camino / del pintoresco Chapultepec".

 

Sin contar lo gracioso de la rima (beefateak con Chapultepec), ni la confesión expresa de amores fugaces (solo “a ratos” ama la duquesa al Duque Job y viceversa) Gutiérrez Nájera ilustra la libertad con que se conducen las afrancesadas grisetas, y la muerte prematura del poeta en 1895 no le dejó convivir con las flappers, ante quienes hubiera caído seducido.

 

En la siguiente década (los años treinta), Frida Kahlo acentuó sus referencias al folclor mexicano, y formaría su imaginario nacional, con trajes típicos del Itsmo de Tehuantepec, pedrería prehispánica, artesanía de Talavera y crianza de perros xoloitzcuintle. Pero su libertad sexual y la formación de una individualidad femenina, sin atavismos y sin falsa moralidad, la aprendió muy joven influenciada por las revolucionarias costumbres francesas, esas que tanto condenó el nuevo régimen de 1910 y que es la mejor herencia del modernismo mexicano.


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