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Monterrey N.L.

Fuego de pobres

Uno encerrado en la más sola habitación de hotel y afuera masacrando la lluvia a peatones y ciclistas. A la Ciudad de México le afloja las corvas las goteras del cielo raso y el retiemble en sus centros la tierra, porque desde que se estrenó el himno nacional (en decasílabos de tambores y trompetas), este país ya no tiene eje, ni punto central ni santo a quién encomendarse. O tiene tantos, como para aventar a los sobrantes al precipicio de los aspirantes presidenciales frustrados (diga usted los nombres y ríase la gente). 
Así que uno se pone a leer poesía, pues no queda de otra cuando cunde el ambiente acuoso y los perros remojados en las azoteas. La poesía es el ultimo recurso de los empapados, por lluvia, por lágrimas o por humedad en la entrepierna, que es el caso de bebés y de uno que otro borracho de esquina o parrandero de callejón desierto.
Y en estos casos de encierro obligatorio, de toque de queda emocional (por aquello de la nueva Ley de Seguridad Interior) de encajonamiento chilango porque el cielo se cae a cántaros, conviene leer a don Rubén Bonifaz Nuño para cambiar de plano dimensional. En realidad conviene leer lo que a uno se le antoje: el diario, las cajetillas de cigarro, el artículo de un melancólico a deshoras, pero a don Rubén se le guarda aprecio de abuelo sabio. Nomás por releer: encenizado de colillas fúnebres, / a velar con cerillos / algún recuerdo ya cadáver, como dice su hermoso poema Fuego de pobres
Y uno se queda con ganas de hablar con alguien, síndrome del hospedado a fuerza en un hotel de tres estrellas a media cuadra del Zócalo capitalino. Se anidan las ganas locas de saber si afuera queda un prójimo desvelado, y darle porque sí una palmada en el hombro, un abrazo hospitalario. Eso inspira la poesía de don Rubén Bonifaz: que quisiera que alguno me llamara / sólo por darme el regocijo / de contestar que estoy aquí / o gritar el quién vive / nada más por ver si me responden. 
Entonces por no dejar, por ver si algún cristiano sofoca a cubetazos el fuego lírico, uno llama a recepción para pedir cualquier cosa y darle unos pesos al conserje, o toparse con la señora del aseo y preguntarle si está bien, si sus chamacos no estornudan con tamaño chubasco. O exponerse a que lo tilden a uno de populista y salir envalentonado al balcón a gritar: el secreto más íntimo y humilde de la fraternidad. 
Es que don Rubén siempre se sale con la suya en las noches de lluvia. Agita el marasmo de la piel solitaria y la deja prendida de los tendederos, colgada de horquillas, entre la ropa recién lavada. Pero es de madrugada. Y no hay servicio al cuarto. Ni señoras del aseo que ronden los pasillos. Así que uno se resigna a dormir en soledad habitada. Y despierta en la madrugada, bajo sábanas, en medio de la nada. Queda una salida final. La última y nos vamos. Escribir apurado estas líneas al lector como quien extiende una mano al otro. Y poder decirle a la distancia: Porque tú eres mi hermano. Yo te quiero

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