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Monterrey N.L.

¿La culpa es de las antreras con minifalda?

El periodista Jenaro Villamil cometió un error al pretender sumarse a la cabeza de la marcha contra el feminicidio en la Ciudad de México. Su presencia de buena fe como “testigo” u “observador solidario”, aporta poco a un grave problema social. En realidad, es un falso debate preguntarse si los hombres debemos o no asistir a una marcha de mujeres contra la violencia de género.

En el fondo, las mujeres protestan en este tipo de movilizaciones, contra el mandato de masculinidad, es decir, contra el imperativo patriarcal de ostentar el poder masculino en lo sexual, lo político y lo moral. Esta identidad masculina domina para mal las relaciones sociales. El hombre vive bajo la presión de tener que probar su virilidad entre sus mismos congéneres: entre los propios hombres.

En el extremo de este mandato de masculinidad, la violación a una mujer no sólo busca una mera satisfacción sexual, sino la expresión de ese dominio machista, de esos desplantes de poder. Tanto, que a la víctima se le vuelve públicamente culpable: “tu, mujer, por tu vestimenta, tus diversiones a deshoras, tu salida a la calle con tacones altos que te impiden correr, eres la culpable de despertar los instintos agresivos del hombre”. Esta lógica cruel la han interiorizado incluso muchas mujeres, que por apegarse a este mandato de masculinidad también son agresivas y violentas: actúan como un espejo del machismo, replicando sus peores defectos.

Una buena parte de las televisoras, la prensa, la radio y las redes sociales en México, han difundido consiente o inconscientemente este mandato de masculinidad. Dígalo si no, los comentarios sexistas contra Mara Castilla, violada y asesinada por un chofer: “ella se lo buscó por salir de un antro en la madrugada”. Al radicalizar esta culpabilización de la mujer, se le cosifica: se le van restando sus atributos de persona, se le condena su voluntad y su libre albedrío. De ahí la machista censura al aire del locutor de radio Sergio Zurita: “madres de familia, no sean golfas ni pirujas”. 

No está mal que los hombres expresemos solidaridad por las mujeres, como lo hace Jenaro Villamil, pero más que ser partícipes de marchas de protesta femeninas contra este mandato de masculinidad, es mejor respetar su espacio público de expresión y analizar, en cambio, cuánto persiste de machismo en nuestras propias relaciones personales. Partamos de este autoexamen para mejorar la sociedad en la que nos tocó vivir.

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