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Monterrey N.L.

Ni tan ogro ni tan filantrópico

A los mexicanos nos sale cada vez más caro mantener el Estado. No sólo por el dinero que los políticos roban del erario, sino por el costo de sostener un aparato público corpulento y una burocracia parasitaria. Por supuesto, el gasto del Estado se compensa cuando el gobierno ofrece bienes y servicios que no nos brinda el mercado o que nos los brinda con fallos.

¿Y realmente compensa esos gastos? No, pero tenemos que creerlo así. No hay escapatoria alguna. Impuesto, cuna y mortaja, del cielo bajan. Somos víctimas de la siguiente premisa: lo que existe es lo mejor porque no podemos concebir nada mejor a lo que existe.

Imposible diseñar nuevas formas de convivencia social al margen del Estado. Todo pasa por la coacción estatal. Su omnipresencia es irreversible. Su rectoría es inobjetable. Sus fines son incuestionables. Un callejón sin salida.

Sin embargo, no podemos partir del absolutismo estatal. Algunos servicios que provee el Estado son más caros y de peor calidad que los ofrecidos por el mercado. En otros casos, el gobierna sí es más eficiente en ciertas competencias que ha arrebatado a la sociedad.

Empero, que el intervencionismo gubernamental sea indispensable en algunos rubros, no significa que lo tenga que ser en todos. Hay infinidad de modelos de autogestión social donde el Estado sería más un estorbo que una bendición. Y hay otros donde incluso se convierte en el peor enemigo de la gente.

Este rediseño de injerencia estatal que formula dónde debe de entrar el gobierno y dónde debe abstenerse de intervenir, es una asignatura pendiente para los aspirantes presidenciales. Pero López Obrador, Anaya y Meade se concentran en alianzas partidistas contra natura y dejan de lado este planteamiento de origen. A ver para cuando.

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