
Pedro Ocañas para Pan y Circo
Durante décadas, en México gobernar no era ganar elecciones: era heredar el poder.
El PRI no competía, administraba turnos, las urnas era un mero trámite y la alternancia una fantasía. Hasta que la oposición empezó a gobernar estados y el mito se rompió.
Años atrás se decía –medio en broma, medio en resignación– que México superaba a Estados Unidos: antes de votar ya sabíamos quién iba a ganar.
El primer golpe al partido que ganaba todas fue en el norte del País, Baja California en 1989, Ernesto Ruffo Appel, del Partido Acción Nacional, se convirtió en el primer gobernador no priista.
Por primera vez el poder cambiaba de manos por votos, una derrota que no se podía ocultar.
Después vino Chihuahua en 1992, con Francisco Barrio Terrazas, también del PAN: el mensaje era más que claro la oposición ya no pedía permiso.
Nuevo León, Guanajuato y Jalisco, siguieron el mismo camino con el mismo partido. El PRI empezó a perder territorio y con ellos la narrativa de que sólo ellos sabían gobernar.
En 1997 llegó un golpe simbólico, la capital del país eligió por primera vez a su gobernante.
Cuauhtémoc Cárdenas, del PRD, ganó el entonces Distrito Federal, el presidencialismo perdía el control de la gran metrópoli y por medio del voto popular se daba el primer gran triunfo de la izquierda.
Así se estaba rompiendo el monopolio político del PRI y se abría paso a la alternancia nacional en el 2000 cuando llegó a la presidencia Vicente Fox Quezada, del PAN.
La alternancia no ocurrió porque el sistema madurara, sino porque el poder dejó de entender al país.
Estos primeros gobiernos de oposición no fueron perfectos. Cometieron errores, improvisaron y decepcionaron en muchos casos.
En su recorrido demostraron que el poder se podía perder. Que el gobernar mal tenía consecuencias, que la democracia no era sólo un discurso, sino un riesgo, y actualmente algunos de estos estados son gobernados por otros partidos.
La democracia mexicana no nació de la generosidad del régimen, sino de su desgaste que lo llevó a perder el poder.
Todos estos años de cambios de qué han servido si ahora vemos que el partido que está en el poder lucha cada día por tener el control de todo, ganar todas, y está haciendo lo que antes
criticaba.
La historia ya lo documentó, cambiar de partido no garantiza cambiar de prácticas.
La lección debería estar clara: ninguna mayoría es eterna y ninguna narrativa es invencible. El ciudadano ya demostró que sabe castigar y puede volver a hacerlo.
Y aun así, pareciera que nadie quiere ver lo evidente, la alternancia no llegó como promesa
democrática, llegó como castigo político





