
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
La nueva guerra que apenas comienza en Medio Oriente no es un conflicto más en una región históricamente convulsa. Es, ante todo, un evento de alto riesgo sistémico para la economía mundial.
Los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, seguidos por una contraofensiva inmediata, han colocado al Estrecho de Ormuz en el centro de la tensión energética y financiera global.
No exagero. Por ese cuello de botella marítimo transita cerca del 20 por ciento del petróleo que se consume en el mundo, alrededor de 20 millones de barriles diarios, además de enormes volúmenes de gas natural licuado procedentes de Qatar.
El Estrecho de Ormuz no es solo un punto geográfico. Es un termómetro financiero. Conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y el mar Arábigo, y en su punto más angosto apenas alcanza las 21 millas de ancho, con dos vías navegables de alrededor de dos millas cada una. Es, por diseño, un punto vulnerable.
Cuando la Guardia Revolucionaria iraní advierte que podría cerrarlo e incendiar cualquier embarcación que lo cruce, no lanza solo una amenaza militar: activa una alarma económica global.
Mientras el estrecho permanezca abierto, aunque bajo tensión, los mercados hablarán de “volatilidad”. Pero si el corredor energético se convierte en frente activo de guerra, el impacto trascenderá los mercados petroleros. Podría redefinir las expectativas de crecimiento e inflación global.
El petróleo ya se mueve al alza, y no es descabellado imaginar un barril acercándose o superando los 100 dólares. Y detrás vendría el gas natural, arrastrando los costos energéticos en cadena. El oro, como activo refugio, también escalaría.
El golpe inmediato recaería sobre los importadores netos de crudo. Asia es la región más vulnerable. El 82% del petróleo que pasa por Ormuz se dirige a ese continente. China, India, Japón y Corea del Sur absorben casi el 70% del volumen. Un cierre elevaría precios y pondría en riesgo su suministro. Europa, aún frágil tras la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania, también resentiría el impacto.
Irán produce apenas entre 3 y 4 por ciento del suministro mundial de crudo, pero el problema no es su producción aislada. Es el efecto dominó regional. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Qatar dependen del mismo corredor. Si el conflicto escala y se interrumpe el flujo, la oferta global se contraería de manera abrupta.
No hablamos solo de precios más altos en las gasolineras… Hablamos de inflación renovada, costos logísticos disparados, alimentos más caros y bancos centrales atrapados.
En este escenario, los planes de recorte de tasas de interés podrían frenarse. Incluso podrían considerarse nuevos incrementos si la inflación repunta con fuerza. Las economías que apenas comenzaban a estabilizarse tras ciclos agresivos de endurecimiento monetario enfrentarían un nuevo choque externo.
El riesgo es claro… Estanflación, es decir, bajo crecimiento con alta inflación.
El mayor peligro no es únicamente militar, sino estratégico.
Convertir el Estrecho de Ormuz en herramienta de presión geopolítica es jugar con el equilibrio económico mundial. Las potencias involucradas parecen subestimar que el mercado energético sigue siendo el sistema nervioso de la economía global. La transición energética avanza, sí, pero el mundo aún depende críticamente del petróleo del Golfo.
Si el conflicto se contiene en una escalada limitada, el impacto podría quedar en un episodio severo de volatilidad. Pero si se prolonga o se amplía, podríamos estar ante el shock energético más importante desde la década de 1970.
La pregunta ya no es si habrá impacto económico global. Ese impacto ya comenzó. La verdadera incógnita es su magnitud y duración. Y en esa respuesta se juega no solo el precio del petróleo, sino la estabilidad financiera del planeta.





