
Pedro Ocañas para Pan y Circo
Hay una frontera que pocos políticos reconocen cuando llegan al poder: la que separa la ambición de la vocación de servicio.
La ambición no es mala. Puede ser el motor para transformar una ciudad, impulsar proyectos y buscar mejores condiciones para los ciudadanos. El problema comienza cuando la ambición deja de ser un medio y se convierte en el objetivo.
Porque una cosa es llegar a la función pública para servir y otra, muy distinta, llegar para servirse.
El político suele arrancar sus campañas con los discursos de siempre y ya muy conocidos: acabar con los abusos, terminar con la corrupción, escuchar a la gente, hacer lo que sus antecesores no hicieron, pero el poder tiene una trampa peligrosa; poco a poco puede convencer a quien prometieron servir de que ahora es tiempo de servirse.
Y entonces ahora aparecen los privilegios, los amigos que se convierten en funcionarios los intereses que rodean el presupuesto y la distancia entre el gobernante y el ciudadano que le entregó su voto.
El poder también tiene una curiosa capacidad para transformar discursos. Quien ayer denunciaba el autoritarismo puede terminar justificándolo cuando tiene el mando. Quien criticaba los excesos puede encontrar argumentos para explicar los propios. Y quien prometía transparencia puede descubrir que
existen asuntos que, desde el gobierno, resulta más cómodo mantener lejos de la mirada pública.
Ahí está la verdadera prueba de un político: no cuando busca el poder, sino cuando ya lo tiene.
Porque gobernar no debería significar acumular influencia, controlar voluntades, repartir cargos entre amigos o utilizar el presupuesto como herramienta política. Gobernar debería significar resolver los problemas que los ciudadanos enfrentan todos los días: seguridad, transporte, agua, calles dignas, educación y oportunidades.
La función pública debería ser un servicio temporal a la sociedad, no una carrera para vivir eternamente en un presupuesto. Y aquí aparece otra trampa: confundir la popularidad con resultados, propaganda con gobierno, obediencia con liderazgo.
El ciudadano no vive de discursos, ni de fotografías inaugurando obras; vive de lo que ocurre cuando sale de su casa. De si puede llegar a tiempo a su trabajo, encontrar medicinas, transitar seguro y regresar a casa por la noche sin miedo.
Al final, el ciudadano no juzga al político por lo que prometió, sino por lo que hizo cuando tuvo la oportunidad de cumplir.
Todo esto te recuerda a algún político de algún partido que en campaña hizo promesas que no cumplió y, al contrario, abusó de su poder para beneficiarse él, su familia y sus amigos. Esta historia está por volverse a repetir.
Por eso, quizá la pregunta que debería acompañar a todo aquel que entra a la política no es cuánto poder puede acumular, sino cuánto bien puede hacer con él.
Porque el poder termina, los cargos terminan, y lo que queda es la huella.
Invitamos a nuestros lectores para que lean la columna del gran y prestigiado periodista Félix Cortés Camarillo que se localiza en la sección: Félix Cortés Camarillo con Pan y Circo, y como siempre querido lector Usted tiene la mejor opinión de su contenido.





