
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
¿A qué escuela están regresando nuestros niños y jóvenes?
Ahora que inició el ciclo escolar, el lunes 31 de agosto, hay que darnos la oportunidad para revisar qué está y qué no está funcionando y, sobre todo, qué clase de educación necesitamos hoy en nuestro país…
¿Cómo responder a una realidad social y tecnológica que evoluciona rápidamente?
La matrícula del sistema de educación básica —preescolar, primaria y secundaria— ronda actualmente los 23.4 millones de alumnos. Son menos que hace algunos años.
Parte de la explicación es que nacen menos niños y aumenta la expectativa de vida. Sí, la pirámide poblacional está cambiando y, con ella, también deberán modificarse las prioridades de las políticas públicas.
Por eso, quizá el gran desafío educativo ya no sea construir más escuelas, sino conservar dignamente las existentes. Planteles seguros, funcionales, con agua, electricidad, conectividad, sanitarios adecuados y espacios dignos para aprender… incluyentes y capaces de preparar a una nueva generación, para un mundo que está cambiando a una velocidad extraordinaria.
Pero cuidado… La disminución de la matrícula no puede atribuirse exclusivamente a que nacen menos mexicanos. Los datos de años recientes han mostrado también una baja en la tasa de escolarización. Es decir, proporcionalmente hay niños que deberían estar estudiando y no están llegando a las aulas. Y ahí existe una enorme responsabilidad del Estado.
Está también el desafío académico.
La Nueva Escuela Mexicana, heredada por Andrés Manuel López Obrador, plantea una educación humanista, crítica, comunitaria e integral. Los principios suenan bien. El verdadero examen ocurre frente al pizarrón.
¿Los maestros cuentan realmente con capacitación, herramientas y tiempo para aplicar este modelo? ¿Podemos hablar de educación personalizada e incluyente cuando existen grupos numerosos, planteles multigrado y profesores sometidos a una excesiva carga administrativa?
La educación no cambia por decreto.
Nuevo León, por su parte, estrena una Ley de Educación que incorpora conceptos propios de los desafíos de nuestro tiempo… Inclusión, neurodivergencia, salud mental, inteligencia artificial, pensamiento computacional, educación financiera, educación dual y uso responsable de tecnologías.
Es un avance importante. Pero, nuevamente, una buena ley solamente será buena si puede convertirse en realidad.
Uno de los debates ha sido el uso de dispositivos móviles dentro de las escuelas. Como decíamos la semana anterior, no hay que inventar la rueda. Diversos sistemas educativos alrededor del mundo han comenzado a establecer restricciones ante un fenómeno inocultable: niños y adolescentes permanentemente conectados, expuestos a redes sociales, distracciones, contenidos nocivos, acoso digital y problemas de atención.
Esperemos que no tarde tanto tiempo y que no “se les haga bolas el engrudo”.
No se trata de satanizar la tecnología. Al contrario.
La discusión educativa de nuestros días será cada vez más sobre inteligencia artificial frente a inteligencia natural. Nuestros alumnos deben aprender a utilizar la IA, pero también a pensar sin ella; a cuestionar, argumentar, escribir, analizar y resolver problemas. La inteligencia artificial debe convertirse en herramienta, nunca en sustituto del pensamiento.
Igualmente urgente es atender la salud mental. Ansiedad, depresión, acoso escolar, violencia y conductas de riesgo han dejado de ser asuntos secundarios. Las escuelas necesitan herramientas profesionales para detectar problemas antes de que se conviertan en tragedias.
Vaya nuestro reconocimiento a todos los maestros que, independientemente de su legítima lucha por dignificar su profesión, han comenzado un nuevo ciclo con entusiasmo, vocación y enorme responsabilidad.
Detrás de cualquier modelo, reforma, ley o tecnología sigue existiendo una verdad elemental: un buen maestro puede transformar una vida.
Ojalá que todos los niños y jóvenes de México ya estén de regreso en una escuela que los cuide, que los escuche, que les enseñe a pensar y que los prepare para enfrentar el mundo que les tocará vivir.




