Google-play App-store
Monterrey N.L.

LA HISTORIA ME SUENA

Me suena esa historia en la que al trabajador se le exige “arrimar el hombro” como solución de las chapuzas de botarates de profesión.

Es mi primera colaboración con este insigne medio, y empiezo con una copia y

pega, sin ruborizarme. Que rostro, pensarán algunos, pero, al término de esta columna, quizá

entiendan ustedes (me niego a tutearles hoy, mi primer día), la necesidad de este acto de

terrorismo intelectual. El discurso que van a leer a continuación fue pronunciado por Edouard

Daladier, político del gobierno francés de aquel convulso final de la década de los años 30 del

siglo XX. Es importante que conozcan el contexto en el que se realizó esta intervención, puesto

que es una de las múltiples situaciones y concatenación de inutilidades políticas y diplomáticas

que dieron origen a la Segunda Guerra Mundial. En este momento, Francia e Inglaterra

convencen a Checoslovaquia para que entregue la región de los Sudetes al gobierno alemán,

puesto que Hitler y su dicharachera pandilla exigían este territorio, ante lo que ellos

consideraban un ataque continuado a la nada desdeñable población alemana que vivía en la

zona. Hitler mostraba sus cartas respecto a sus intenciones expansionistas, pero Francia e

Inglaterra, en un claro caso de ceguera y falta de redaños, apoyaron a los nazis y trabajaron

para que el gobierno Checoslovaco cediese esta región en aras de un bien común y el esquive

torero de un conflicto mucho mayor (que, irónicamente, se produciría apenas unos años más

tarde, cuando, una mañana de mucho escuchar a Wagner, a Hitler se le ocurrió invadir

Polonia). Pues bien, uno de los artífices de esta pantomima fue el caballero que les presentaba

unas líneas más arriba, y que pronunció el siguiente discurso:

 

“ Frente a los estados totalitarios, que se preparan y se arman sin ponerle ningún

límite a la duración del trabajo, y al lado de los estados democráticos, esforzados por volver

a encontrar su prosperidad y garantizar su seguridad, y que además han adoptado la semana

de 48 hora, Francia, más empobrecida cuanto más amenazada, ¿Cuánto tiempo perderá

en controversias que corren el riesgo de comprometer su futuro? Mientras la situación

internacional siga siendo tan delicada, es preciso que se pueda trabajar más de 40 horas, llegar

hasta las 48 horas en las empresas involucradas en la defensa nacional”.

 

Pues hasta aquí la lección de historia (perdonen por su densidad, pero insisto en lo

necesario de su presencia), el alegre plagio (que insisto también, tiene su lógica, más allá de

la realidad innegable de mi estilo de vida vago e irresponsable) y el exceso intelectual, así

que comenzamos la reflexión. Porque este texto me asusta. Si extrapolamos su significado,

si hacemos desaparecer la realidad histórica y los localismos, lo que ocurre es que nos

encontramos a un político que, armado con el patriotismo, exige a sus trabajadores el deber

de renunciar a sus derechos laborales, conseguidos con sudor y lágrimas, para defenderse

de ese enemigo que crecía en fuerza y presencia (y al que, por otra parte, con su inútil visión

política, había dado alas). Y me suena.

 

Me suena esa historia en la que al trabajador se le exige “arrimar el hombro” como

solución de las chapuzas de botarates de profesión. Me suena esa llamada al patriotismo de

opereta como justificación de maniobras con intereses de carácter económico. Me suena

esa idea tan de la derecha (aunque he de decir que nuestro personaje pertenecía al Frente

Popular, por lo que el tufo a traición es todavía más nauseabundo), esa solución universal

que es el aumento de horas de trabajo, y la criminalización del trabajador si no acepta esta

realidad, excusados en crisis de todos los colores. Me suena, porque este discurso de 1938 es

 

perfectamente ejecutable en la realidad del siglo XXI, salvo pequeños detalles de la historia.

 

Según la derecha, de la crisis actual tiene la culpa todo el mundo, excepto ellos y los

que realmente la liaron parda. Culpables son los trabajadores públicos, tan caros ellos, los

maestros y profesores, los médicos, los funcionarios de la administración; Los sindicatos,

enemigo por antonomasia (que tampoco han hecho mucho por la desmitificación de su

inutilidad, pero ese es otro tema). Y así una larga lista negra de la vergüenza, producto de la

más iracunda propaganda política; Llena de bilis, mentiras, y desesperación.

 

Quizá el enemigo ya no es tan pintoresco como Hitler. Ya no hay cruces gamadas, ni

movimiento de tropas en fronteras desaparecidas. Pero la ceguera de nuestros líderes (pueden

reírse por el uso de la palabra en este contexto) enaltece y legitima a todos aquellos que

encuentran en las crisis la explosión de su parasitismo. Aquellos que cavaron el agujero en

el que estamos, y que, irónicamente, son los que han encontrado oro entre la porquería. En

nuestras manos está, en esta ocasión, demostrar que la historia está para aprender de ella.

 

Nota Aclaratoria: El discurso lo he robado de manera elegante de la edición española de la

novela HHhH, del escritor Francés Laurent Binet. La traducción del mismo corresponde pues a

Adolfo García Ortega, traductor al español de dicha obra. Al César lo que es del César.

 

Santiago Negro

 

[email protected]


COMENTARIOS
comments powered by Disqus
https://panycirco.com/columna/el-hemisferio-izquierdo/la-historia-me-suena
© Copyright P.C. Publicaciones.

Suscríbete para recibir diariamente nuestro boletín informativo