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Monterrey N.L.

El arte de decir adiós

Minuto
Por CHAVA PORTILLO














Algunas ocasiones se refiere que es fácil ser, lo más complejo es dejar de ser.   En nuestro trajín diario cuántas veces llegamos a un encargo desde el más elemental de nacer y sentir que vivir es cumplir con las razones simples de nacer, crecer y a veces multiplicar, lo que siempre ha sido imposible de aceptar es el adiós, para el que se va como para el que te despide.

La carta “póstuma” del señor Urzúa en su despedida da para muchas sobremesas, de ahí el análisis a las respuestas al que iba dirigido el adiós que con el estilo de la casa, a bote pronto, reviró: “Tuvo Urzúa diferencias conmigo y Romo” desde la elaboración del Plan Nacional de Desarrollo.

Luego se defiende con la trillada y devaluada frase que debería desaparecer del diccionario: “Yo lo respeto mucho pero…”  mentira, cuando se expresa la letal oración con el sujeto, verbo y predicado siempre va implícito el encono y el agravio que se quiere liberar anteponiendo la disculpa pero asestando el madarriazo.

El: ”con todo respeto, pero” es más fútil que una esperanza para el moribundo.  Andrés Manuel López Obrador es el Presidente, amo, dueño y señor de la razón, además patrón de Carlos Urzúa y le recibe la renuncia así como le entregó la carta del nombramiento, arguyendo la anquilosada frase del me puedo equivocar para contratar a una persona, pero no para despedirla.   En pocas palabras nada más mis enchiladas tienen queso que traducido al cocodriliano idioma presidencial: Me canso ganso”.

Es difícil por no decir imposible que exista despedida en buenos términos, con buenos deseos y mejores augurios.  La despedida del Secretario de Hacienda le hace ver al Presidente su amargura e impotencia y siendo claros explicación no pedida, acusación manifiesta y los disparos no fue para otro que no sea Alfonso Romo.

La importancia de ocupar esa cartera junto con la de Gobernación es algo así como ser vicepresidentes y en ausencia del “preciso” son los meros papas fritas, en lo político la señora de Terán y en lo político el recién despedido.

Pero no, está claro que Poncho el de los caballos saltarines es Juan Camaney y más que una amistad, es un compromiso de lealtad y reconocimiento quedando demostrado que estando o no el cocodrilo, Romo es cualquier veinte de manteca envuelto en papel de estraza.

El problema no es ese, nos queda pero muy claro y el que no lo quiera entender pone en riesgo su cabeza; el entuerto es porque no saber que al decir un hasta luego puede ser de manera educada y de concordia, nada vale con pelear, porque para al peje se le hace chiquito el mar para echarse un buche de agua.  ¿Estamos? O les enseñamos a redactar.

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