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Monterrey N.L.

De inversiones e infraestructura en México 1/2

Tierra De Nadie

Por Walid Tijerina


En cuestiones de desarrollo económico, a lo largo de nuestra historia hemos tenido dos eternos problemas limitando nuestro crecimiento: una infraestructura insuficiente acompañada, de igual forma, de inversión insuficiente (o en ocasiones, errática) al tratar de sortear el primer problema. Inevitablemente, en plataformas académicas o de funcionarios públicos, el dilema del “huevo o la gallina” se viene a la mente. ¿Qué es primero? ¿La infraestructura o las inversiones?

En tiempos de Porfirio Díaz, la devastación económica heredada de constantes conflictos entre fuerzas conservadoras y liberales, y entre invasiones francesas y la estadounidense, tenía a nuestro país en una posición bastante precaria, sin los recursos económicos ni recaudatorios suficientes para iniciar por sí mismo un proyecto de desarrollo. Por esto mismo es por lo que Díaz acudió al capital extranjero –principalmente francés y español–, para así tener los recursos (inversiones) suficientes que amortiguaran el ambicioso proyecto de modernización basado en un sistema ferroviario que eventualmente logró dinamizar el desarrollo económico de las diversas regiones del país.

En tiempos de Cárdenas, se daría inicio al segundo proyecto ambicioso de desarrollo, con el salvoconducto que le significarían los arreglos corporativistas del país –es decir, el apoyo masivo de campesinos, obreros y militares. El cardenismo sembró de hecho las raíces de lo que se convertiría en el “milagro mexicano”: con crecimientos del PIB anuales mayores a 6% de 1935 a 1982. Esto respaldado de gran manera en bancos nacionales de desarrollo como NAFINSA o Bancomext.

A finales de los setenta, no obstante, la falta de inversión privada en el consenso desarrollista (gobierno-iniciativa privada), junto con acciones como expropiaciones generalizadas de territorios (con Echeverría) o la nacionalización de la banca (con López Portillo), llevarían tanto al gobierno y a la sociedad a una reacción de espanto ante intervenciones del gobierno en la economía. La receta se convertiría, a partir de Miguel de la Madrid, en una “economía ortodoxa”, con restricciones fiscales y estabilizadoras provenientes tanto de organizaciones internacionales (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional) como de preferencias de la iniciativa privada. Desde entonces el gasto público en infraestructura e inversión se iría en picada en esfuerzos por seguir recetas anti-inflacionarias y estabilizadoras, con promedio anual de 2% comparado con 8% durante los “años dorados” del crecimiento mexicano (1935-82).

¿Y dónde quedó el crecimiento? En porcentajes muy deficientes, de 1983 a 2009, hemos tenido una economía prácticamente estancada, con crecimiento promedio del PIB rondando apenas el 2%.

Era evidente entonces que el nuevo modelo de México no estaba funcionando debido, entre otros factores, a la falta de inversión. Ahora, ante este problema, el gobierno de Peña Nieto ha implementado un Programa Nacional de Infraestructura, estructurado alrededor de licitaciones públicas –como las que anunció recientemente el titular de la CFE.

¿Cuáles serán las implicaciones, y riesgos, de estas licitaciones?



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