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Monterrey N.L.

La disyuntiva mexicana entre crecimiento y progreso social

Tierra de Nadie

Por Walid Tijerina


Esta semana, del 6 al 8 de mayo, se llevará a cabo en Riviera Maya, Quintana Roo la décima edición del Foro Económico Mundial para Latinoamérica. Este encuentro que regresa por tercera vez a México, representa de acuerdo a la Secretaría de Economía “un espacio de diálogo de alto nivel, que congrega a líderes de opinión y empresarios para exponer, debatir y formular estrategias para el mejoramiento integral de la región”.

Dicho encuentro contará con visitas de presidentes, ministros, empresarios (como Carlos Slim) y líderes de opinión (como el Nobel en economía Joseph Stiglitz). El evento servirá también como un sondeo previo para empresarios e inversionistas en el sector energético ante la reciente apertura de México –y cuya tercera ronda de licitaciones compuesta por 27 territorios ubicados en Nuevo León, Chiapas, Tabasco, Tamaulipas y Veracruz se publicará el próximo 12 de mayo. En palabras del Secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, “en las nuevas tecnologías de petróleo shale, México sigue siendo una gran oportunidad” para inversionistas interesados en aprovechar altas rentabilidades de extracción. Lo que falta por determinar de manera integral, es el impacto o integración que estas actividades energéticas puedan llegar a tener tanto con empresarios locales como con consumidores mexicanos.

Y es que, casualmente, el mismo Foro Económico Mundial recién publicó su Índice de Progreso Social, estudio que “ofrece un encuadramiento rico para medir las múltiples dimensiones de progreso social, creando un punto de referencia para el éxito de tal, y catalizando el mejoramiento de calidad de vida humana”.

Los resultados de este estudio pudieran resumirse en el título que Bárbara Anderson le dio a su última columna: “¿Crecemos?, sí. ¿Progresamos?, no.” Esto debido a que factores como “necesidades básicas”, “fundamentos de bienestar” o “seguridad personal” siguen representando un punto débil en nuestro sistema debido al impacto o integración deficiente del crecimiento económico del país –inversiones millonarias de automotoras o, próximamente, de empresas energéticas.

Esta disyuntiva entre crecimiento económico y progreso social sigue siendo, por tanto, el principal problema que hemos arrastrado desde las épocas del Porfiriato, en las que, sí, se dio un gran auge modernizador e industrial aunque marginando, a final de cuentas, a gran parte de la sociedad mexicana. De manera subsecuente, la Revolución Mexicana con su zapatismo de “tierra y libertad” y la posterior redistribución ejidal emprendida por Cárdenas y después, con mayores fricciones, por Echeverría fracasaron en equilibrar esa balanza del progreso social y del bienestar.

Ahora, frente a las presumidas reformas estructurales y el próximo encuentro del Foro Económico Mundial, esta disyuntiva estará de nuevo en juego. Sólo el tiempo dirá si a favor o en contra de reducir la brecha entre crecimiento y progreso.



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