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Monterrey N.L.

“Whistleblowers”: una agenda necesaria para México

Tierra De Nadie
Por Walid Tijerina




¿Por qué proteger a aquellos que revelan secretos? Porque el público tiene el derecho a saber cuando funcionarios que actúan como tal atropellan derechos.

-Dinah PoKempner, Human Rights Watch


Karl Popper escribió ese libro clave para entender la histórica trayectoria de nuestras democracias, La sociedad abierta y sus enemigos, que habla de las modalidades negativas (o incluso totalitarias) de autores como Platón, Hegel y Marx, en el sentido de promover con ciertas ideas la cerrazón de nuestras sociedades. Ahora, como Karl Poppers de carne y hueso, veo el rol de los llamados “whistleblowers” o informantes, encargados de sacar a la luz las prácticas más dañinas en nuestras sociedades para así tratar de mitigar o corregir esos males. Pero estos informantes también se enfrentan con “enemigos” de la “sociedad abierta”: ya no son autores en tinta y papel, sino funcionarios (corruptos) de estado o grandes empresas con prácticas lesivas a los derechos humanos.

Seguramente, todos hemos visto algún testimonio de los llamados “whistleblowers” en el cine. Como el personaje de Al Pacino en Serpico denunciando las corrupciones de la fuerza policial de Nueva York desde dentro para buscar su enderezamiento. O como Hal Holbrook en el papel del escurridizo agente del FBI Mark Felt, quien contribuyó a desenmascarar el ya legendario Watergate de la administración de Nixon. Está, asimismo, el papel de Russel Crowe como el biólogo Jeffrey Wigand quien saca a la luz las intenciones de las grandes tabacaleras por mantener secreto las características nocivas y adictivas de su industria en la película El Informante. También tenemos a Julia Roberts como Erin Brokovich, una madre tratando de descubrir el envenenamiento que una compañía de gas y electricidad estaba llevando a cabo a conciencia. En todas las películas, se siente a flor de piel el suspenso, miedo y persecución que dichos protagonistas sufren a fin de velar por el bien común de sus congéneres. Y lo más impactante de todo es que casi todas las películas que tratan sobre el tema están basadas en hechos reales.

La existencia de informantes (whistleblowers) es algo esencial en la actualidad si queremos mantener a nuestras sociedades “abiertas”. Pero igual de importante es su protección. Y es precisamente este último apartado (las fallas de gobiernos) por protegerlos que continúa atribuyéndole al tema tal relevancia. Peor aún, a veces son los propios gobiernos, y no sólo grandes industrias o empresas, las que persiguen a estos informantes –e.g. Edward Snowden y su participación en Wikileaks. Esta misma relevancia de los informantes en el mundo contemporáneo generó eventualmente la necesidad de protegerlas y atribuirles el rango de derechos humanos. Ya incluso se ha generado una relatoría especial de la ONU respecto a la protección de whistleblowers, al mismo tiempo que organizaciones como Human Rights Watch le dedican comités y apartados especiales.

El caso de México, desafortunadamente, no es la excepción. La necesidad también la tenemos aquí y ha tomado mayor importancia con iniciativas nacionales como el Programa Nacional de Derechos Humanos y Empresas y el Sistema Nacional (y Estatal) Anticorrupción. Por fortuna, tuve la oportunidad de colaborar en las mesas de trabajo de ambos programas recientemente y noté que los mecanismos y las reglas para proteger a la figura de los whistleblowers en nuestro país está inmersa en una enorme nube de incertidumbre. De por sí en nuestro país existe una desconfianza, debida al clima de inseguridad, respecto a las denuncias. Qué podíamos esperar entonces de programas de políticas públicas donde se contempla que un trabajador denuncie prácticas dañinas a derechos humanos por parte de empresas o de ciudadanos que denuncien actos de corrupción, ya sea contra actores privados o públicos. El miedo a venganzas o medidas retaliatorias de los denunciados, la incertidumbre sobre lo que pudiera pasar después, incluso se multiplica. ¿Cómo podemos entonces revertir este miedo? ¿Hay alguna solución para proteger a esta necesaria figura de los informantes en nuestro país?

La respuesta es que sí la hay. Y, mejor aún que ya existen modelos y prácticas internacionales para consolidar esta especie de blindaje en torno a whistleblowers. La intención de ésta y la siguiente columna de Tierra de Nadie es, entonces, comenzar a impulsar esa agenda. O de ponerla, al menos, sobre la mesa.



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