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Monterrey N.L.

Los pulmones de José José

La primera lección de canto que me dio mi papá —él mismo un gran tenor dramático— fue llevarme a un concierto de “El Príncipe de la Canción” José José. “Su truco está en los pulmones” me dijo papá como si me revelara un gran secreto, “su forma de inhalar en una estrofa imposible de la canción, retener el aire y luego irlo exhalando pausadamente”.

 

Para ver de cerca a José José, acometiendo ese prodigio vocal, yo (que era muy niño), atravesé el escenario y me le planté enfrente, con los ojos pelones y los brazos en jarra. Me di cuenta de la lección de mi papá: se canta con los pulmones más que con la garganta. El bajista de José José, cuyo nombre he olvidado, llegó a ser buen amigo de mi padre, y se acercó a cargarme entre sus brazos. Me sacó del escenario, no sin antes dejar que abrazara unos segundos a mi ídolo, aún en pleno uso de sus facultades vocales y mentales.

 

Todos los jóvenes de mi generación, lo confesemos o no, conocimos a nuestro primer amor, sufrimos desengaños y nos volvimos a enamorar, con la música de fondo de José José. Las letras que interpretaba nunca alcanzaron ningún tipo de dimensión poética (ni falta que les hacía) y su función se restringía a remover las fibras sensibles de los dañados por Cupido (una forma kitsch de referirse a los chavos). Esto con excepción de dos letras: la de Tiempo, del Gran Jefe Pluma Blanca, Renato Leduc, y la de Polvo enamorado, que compuso el gran periodista de Nuevo Laredo, Mauricio González de la Garza, quien por cierto me enseñó a escribir y me regaló, autografiada, una maravillosa novela suya: Rio de la misericordia (1965), sobre la frontera chica.

 

Los jóvenes más tímidos escuchábamos a José José a solas, en cassettes, puestos en un estéreo quitapón, adentro de un carro viejo, con los vidrios arriba, con el que aprendimos a conducir. Todos los muchachos llorábamos en coro, al unísono, con José José y con tanta lágrima derramada pusimos en riesgo la cañería de la ciudad. O más maduros en los karaokes para amenizar carnes asadas donde los compadres tomábamos Buchanan’s y nos rompíamos el tímpano unos a otros, imitando al ya para entonces herrumbroso y oxidado José José.

 

Y es que al paso de los años, el propio “Príncipe de la Canción” se encargó de contradecir a mi papá rasgándose las cuerdas vocales, pudriéndose sus pulmones y su hígado con cantidades industriales de coca y alcohol y asfixiándose con todas las drogas habidas y por haber, hasta no poder inhalar y exhalar bien por el resto de sus días. No quedó ni para el arrastre.

 

Mi padre murió en 2016 y José José murió muchos años antes, aunque sigue deambulando por este mundo como el más triste volcán apagado.


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