
Lo conocí en el anexo en más de una ocasión. Llevaba ya varios intentos de rehabilitación y, cada vez que ingresaba, repetía casi las mismas palabras: que ahora sí iba a cambiar, que esta vez sería diferente, que afuera lo esperaban sus tres hijos y que quería salir a trabajar para que a ellos no les faltara nada.
Lo decía con convicción. Algunas veces con lágrimas. Pero también regresaba. Bastaban unos cuantos días afuera para que la familia volviera a buscarlo, porque lo habían encontrado perdido en algún lugar, consumiendo nuevamente. Sus padres vivían con el miedo de que algún día recibieran una llamada para decirles que su hijo había muerto de una sobredosis.
Hay historias que uno escucha y consigue dejar en el trabajo. Esta no fue una de ellas. Me quedé pensando muchas veces en sus padres, en esa desesperación que lleva a una familia a intentar salvar a uno de los suyos una y otra vez, aunque ya no sepan qué más hacer.
Pero también pensé en los tres niños. Tres pequeños que nunca eligieron esa historia y que, sin embargo, estaban viviendo sus consecuencias. Uno vivía con un tío y su esposa; otro, con sus abuelos maternos; el mayor, con sus abuelos paternos. Tres hermanos repartidos entre diferentes casas porque sus padres habían desaparecido de sus vidas de distintas maneras.
Entonces me hice una pregunta que todavía no sé responder: ¿qué puede ser más grande que el amor de un padre hacia sus hijos? Resulta difícil comprender cómo una sustancia puede llegar a ocupar tanto espacio en la mente de una persona que termina desplazando aquello que alguna vez consideró lo más importante.
Desde la perspectiva de las emociones, una adicción no puede explicarse simplemente diciendo que alguien “no quiere dejar las drogas”. Existen pensamientos, emociones, hábitos, impulsos y circunstancias que forman un círculo muy difícil de romper.
Pero comprender la enfermedad tampoco significa ignorar sus consecuencias. Mientras una persona lucha contra su dependencia, hay otras personas pagando un precio. En este caso eran tres niños que necesitaban estabilidad, cuidado y la presencia de sus padres.
La infancia no se detiene mientras un adulto intenta recuperarse. Ellos seguirán creciendo y quizá algún día preguntarán por qué su papá no estuvo, por qué vivieron en casas diferentes o por qué otros niños tenían a sus padres todos los días. La historia de aquel hombre no terminaba cuando entraba o salía del anexo. Continuaría en la vida de sus hijos.
Por eso, cuando hablamos de adicciones, necesitamos mirar también a quienes quedan alrededor. Rehabilitar a una persona es importante, pero también lo es proteger a sus hijos, acompañar a la familia y reconstruir los vínculos que la enfermedad ha destruido.
Aquellos tres niños no son una estadística. Son tres vidas que merecen una oportunidad distinta. Y quizá esa sea la parte que más debería preocuparnos: cuando una adicción destruye una familia, quienes menos responsabilidad tienen suelen ser quienes más tiempo tardan en recuperarse de sus consecuencias.
Soy Daniela Montalvo. Si esta historia te tocó o
quieres compartir la tuya, puedes escribirme al
811 170 6390. Gracias por leerme. Nos vemos
la próxima semana Desde el anexo.





