
Pedro Ocañas para Pan y Circo
En México, la política se juega como el Mundial: cada seis años arranca un nuevo torneo y, como cada cuatro en el futbol, renace la esperanza de que ahora sí se hará historia.
Cambian los técnicos –perdón, los candidatos– y cambian las alineaciones, pero la afición sigue cantando el mismo “sí se puede”.
El político, como delantero en Copa del Mundo, vive de momentos. Un gol en fase de grupos lo convierte en héroe nacional; una falla en octavos lo condena al olvido. Promete campeonatos – perdón transformaciones históricas–, pero cuando el marcador no alcanza siempre hay explicación: el árbitro, la cancha, el pasado neoliberal o la “herencia maldita”. Nunca la falta de contundencia frente al arco.
Las campañas son como la inauguración del Mundial: luces, espectáculo, discursos que prometen el mejor torneo de la historia. Todo es ilusión. Se presentan fichajes de último minuto, alianzas que parecen estratégicas y discursos que suenan a himno nacional, pero cuando arranca la fase de grupos –el ejercicio
real del poder– aparecen los empates mediocres, los errores defensivos y la falta de idea.
Los partidos políticos juegan como selecciones: cargan historia, símbolos y aficiones que no abandonan, hay quienes siguen creyendo, aunque el equipo lleve décadas sin levantar la copa. Porque aquí como en el Mundial, el análisis se sustituye por la emoción: se apoya por identidad, no por resultados.
Y luego viene la tabla de posiciones. En el papel, todo parece claro: promesas, cifras y compromisos. En la cancha el juego es otro. Hay equipos que califican de panzazo, otros por diferencia de goles –o de narrativa– y algunos qué, pese al discurso triunfalista, quedan eliminados sin que nadie se los diga de frente.
El árbitro, también tiene su equivalente. En política se llama Instituto Nacional Electoral. Y como en el Mundial, cuando el resultado no gusta, el silbante siempre está bajo sospecha. Si favorece, es justo; si incomoda, está vendido. La regla es simple: el reglamento solo sirve cuando el marcador acompaña.
Pero el verdadero espectáculo llega en la fase de eliminación directa. Ahí en donde no hay margen de error, donde cada decisión y cada falla se paga caro. En la política mexicana, ese momento rara vez llega. Aquí todo parece fase de grupos eterna: muchos discursos, pocos resultados y una constante sensación de que el
partido importante siempre es el siguiente.
Mientras tanto, el ciudadano juega el papel de aficionado mundialista: se pinta la cara, defiende su camiseta y se ilusiona con cada arranque. Grita los goles –los anuncios, los programas, las promesas– aunque el marcador real siga empatado.
Porque al final, eso es lo mejor que ha entendido la política: en año mundialista el ánimo colectivo se parece demasiado al de las urnas. Euforia, identidad, pasión …y poca memoria. El espectáculo está garantizado.
Y el campeonato –ese sí, el de la vida real– se sigue perdiendo en la cancha de siempre.





