
Pedro Ocañas para Pan y Circo
El área metropolitana de Monterrey presume de ser una de las metrópolis más dinámicas de América Latina.
Genera inversión, atrae empresas, rompe récords y se vende al mundo como el motor económico de México, pero basta salir a la calle para descubrir una contradicción.
La Ciudad conformada por once municipios crece como una sola, mientras sus gobiernos siguen actuando como si cada municipio tuviera una frontera.
La realidad, el ciudadano no vive en un municipio; vive en una zona metropolitana, duerme y despierta en San Nicolás, trabaja en Monterrey, y lleva a sus hijos a una escuela de Guadalupe, hace compras en Escobedo, Apodaca o San Pedro.
La vida cotidiana de la población transcurre sin detenerse en los límites territoriales de los municipios que tanto obsesiona a los políticos, y más a los que están en el poder.
Los problemas tampoco respetan fronteras. El tráfico comienza en un municipio y termina en otro como lo es la avenida Gonzalitos en su circulación al norte a donde, en hora pico por la tarde, llega el tráfico que viene de San Pedro y tras pasar por Monterrey se extiende hasta San Nicolás.
La contaminación recorre toda el área metropolitana, no respeta fronteras; igual pasa con la delincuencia se traslada fácilmente de un lugar a otro.
No se diga el problema del transporte público, que conecta destinos de los ciudadanos, bajo su deficiencia, mientras en las oficinas gubernamentales siguen entrampadas las soluciones.
Cada alcalde anuncia e implementa su propio plan de movilidad. Cada municipio presume su estrategia de seguridad. Cada administración diseña proyectos que rara vez dialoga con los vecinos, quienes son los que sufren.
La coordinación entre las autoridades suele aparecer cuando destaca un problema grave que afecta a los ciudadanos, pero unos días después desaparece.
La política explica buena parte del problema, cuando los colores partidistas pesan más se olvidan de sus obligaciones. El ciudadano termina pagando el costo de esas rivalidades.
Lo paradójico es que Nuevo León compite con las ciudades más importantes del continente, pero podríamos decir que sigue gobernándose con un sistema del siglo pasado. Mientras las grandes metrópolis fortalecen organismos
de planeación regional y toman decisiones conjuntas, aquí todavía es muy difícil mantener una reunión y llegar a un acuerdo.
La falta de coordinación también tiene un costo económico, porque es fácil ver cómo se duplican servicios y los
recursos públicos se desperdician porque cada municipio intenta resolver, por separado, problemas que son compartidos.
La desorganización no solo afecta la calidad de vida; también reduce la competitividad del estado.
La infraestructura puede construirse en unos años, la capacidad de gobernar una metrópoli exige visión, acuerdos y liderazgo permanente.
Los ciudadanos no votan para que los alcaldes compitan entre sí, votan para que le resuelvan sus problemas. Poco le importa quién coloca la primera piedra o quién corte el listón si el resultado beneficia a millones de ciudadanos.
La política debería entender que compartir el mérito nunca será tan costoso que compartir el fracaso.
Quizá el mayor pendiente de Nuevo León no sea construir una gran obra. Quizá el reto más urgente es construir algo mucho más escaso: la voluntad de gobernar en conjunto.




