
Pedro Ocañas para Pan y Circo
Tres mil muertos después, la guerra que siguió a la captura de Ismael «El Mayo» Zambada, sigue sin tener ganador, pero sí miles de víctimas.
La captura fue el 25 de julio del 2024, aquella fotografía del capo esposado, bajo custodia estadounidense, parecía anunciar el principio del fin de una época, pero en Sinaloa ocurrió exactamente lo contrario.
Semanas después, a principio de septiembre comenzó una guerra entre las dos principales fracciones del Cártel de Sinaloa: Los Chapitos y La Mayiza, y desde entonces el estado dejó de contar enfrentamientos entre delincuentes para comenzar a contar muertos, desaparecidos, desplazados y familias rotas.
Desde entonces, las noticias sobre Sinaloa y su polémico gobierno han ocupado los titulares de prácticamente todos los medios de comunicación.
Las cifras son impactantes. Entre septiembre y diciembre del 2024 las autoridades registraron alrededor de 655 homicidios dolosos. En el 2015 la cifra llegó aproximadamente mil 656 y durante los primeros seis meses del 2026 se acumularon otros 640.
El total, desde que comenzó esta guerra y hasta junio del 2026 se contabilizaban alrededor de 2 mil 951 homicidios dolosos. Con los asesinatos registrados posteriormente, la cifra ya supera los 3 mil muertos y 4 mil desaparecidos.
Tres mil no es una estadística cualquiera, son tres mil historias, tres mil familias que perdieron a un familiar, tres mil madres, padres, esposas, esposos, hijos o hermanos que tuvieron que aprender a vivir con una silla vacía.
Y aquí surge una pregunta: ¿de qué sirvió capturar a uno de los líderes del Cártel de Sinaloa si después de su captura el Estado se convirtió en un campo de batalla?
La guerra no termina y el ciudadano es el que está pagando desde hace casi dos años. La población vive a diario con miedo y no se diga cuando se hace de noche, hay lugares que se convierten en tierra de nadie, en donde como dice el dicho «de noche todos los gatos son pardos».
Mientras tanto, el discurso oficial no termina de convencer a una población que siente que los operativos no están funcionando como quisieran. Pero las familias no viven de discursos, quieren caminar por calles seguras.
Quieren salir a trabajar y regresar a casa. Quieren mandar a sus hijos a la escuela sin el temor a que una balacera interrumpa su día. Quieren viajar por carretera sin miedo.
La tragedia que vive Sinaloa demuestra que la estrategia no solo debe basarse en la captura de capos. Porque cuando cae un líder la estructura criminal permanece, se fragmenta y puede convertirse en un nuevo detonante de violencia.
El martes arribaron a Mazatlán mil 300 militares, como parte del refuerzo de seguridad ante la violencia derivada de la disputa entre las fracciones del Cártel de Sinaloa. En julio ya se había anunciado un despliegue similar.
Mientras miles de elementos son enviados para contener la violencia, miles de familias siguen esperando respuestas.
Tres mil muertos después, la guerra continúa. Y todavía nadie puede explicar cuándo va a terminar.





