
Un hombre llorando de miedo
No duda cabe que el miedo es una emoción que nos mantiene vivos. Nos alerta del peligro y nos invita a protegernos. Lo vemos como debilidad, pero muchas veces es el primer paso para sanar.
Hace unos días, uno de mis pacientes —a quien llamaré Erick X— se sentó frente a mí. Comenzamos la sesión con tranquilidad, pero en cuestión de segundos, rompió en llanto. Lloraba con una angustia tan pura, tan desbordada, que tardó varios minutos en poder decir una sola palabra.
Cuando por fin logró hablar, lo dijo casi en susurros: “Tengo miedo”. Ese día, Erick tenía un ligero dolor de abdomen y después de la terapia iría a consulta médica.
Pero su miedo no era físico. “Este dolor —me explicó— es la consecuencia de mis acciones. Yo solo me lastimé, y ahora tengo que pagarlo. Y me da miedo… porque sé que me va a doler, y es justo. Porque yo lastimé a muchas personas. A mi mamá. A mi hija.”
Erick ha sido adicto desde muy joven. Intentó llenar sus vacíos con el consumo, ocultar sus frustraciones, callar su enojo con el mundo y consigo mismo. Me ha contado que nunca fue un buen hijo. Tampoco un buen esposo. Y ni siquiera un buen padre.
Acepta su historia con dolor, sin excusas. Pero lo que más me conmueve es que, en consulta, habla con verdadero amor por su familia. ¿Qué le impedía entonces estar con ellos, cuidarlos, dedicarse a ellos? Su respuesta fue breve y honesta: “No sabía cómo”.
Lloraba como un niño asustado. Pero no era un niño. Era un hombre con rostro endurecido por los años y los excesos, que por fin se sentía vulnerable, humano, y expuesto ante su propio juicio.
El dolor físico no resultó ser grave. Sin embargo, lo que él sintió ese día fue su sentencia interna. No por una enfermedad, sino por el peso de sus culpas. Y ese llanto fue su forma de pedir perdón.
En el anexo, los hombres lloran. Y cuando lo hacen, no es debilidad. Es el comienzo de algo que pocos se atreven a mirar de frente: la conciencia.
“No juzgues lo que no entiendes; a veces, lo que tú llamas ‘vicio’, es en realidad una herida que aún no cierra.”
Soy Daniela Montalvo. Si esta historia te tocó o
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próxima semana Desde el anexo.





