
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
Las imágenes captadas en Veracruz, Puebla, Hidalgo, Querétaro y San Luis Potosí son estremecedoras.
Familias que perdieron seres queridos y todo su patrimonio en cuestión de horas… Pueblos enteros cubiertos de lodo… Ríos que se desbordaron sin previo aviso.
El saldo preliminar, al lunes 13 de octubre, es de 64 personas fallecidas, 65 no localizadas y más de 150 municipios afectados.
Una tragedia natural que vuelve a recordarnos lo frágil que sigue siendo México frente a los embates del clima… y frente a la improvisación de sus autoridades.
A diferencia de la pasada administración federal, esta vez la Presidenta Claudia Sheinbaum decidió enfrentar el desastre de frente. La vimos recorrer comunidades anegadas, hablar con los damnificados y escuchar —sin filtros— los reclamos de quienes acusan abandono.
Una escena que marca un contraste con el estilo del expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien durante tragedias similares prefirió mantenerse a la distancia, sin contacto con la desesperación real de la gente.
En Veracruz, la situación ha sido particularmente crítica. Las autoridades estatales, encabezadas por Rocío Nahle, se vieron rebasadas por la magnitud de los daños. Poza Rica enfrenta una emergencia que no se veía desde el siglo pasado. Calles convertidas en cauces, viviendas destruidas, rescates improvisados. La naturaleza no perdona… pero la falta de previsión amplifica la tragedia.
El discurso presidencial ha sido claro: “Nadie se quedará sin ayuda”. Claudia Sheinbaum ordenó un censo casa por casa para evaluar daños y garantizó atención inmediata a las comunidades aisladas.
Sin embargo, los damnificados ya han escuchado ese tipo de promesas. Tras el huracán Otis en Guerrero, la lentitud del gobierno federal para restablecer servicios básicos y canalizar apoyos fue motivo de indignación. Hoy, la sociedad mexicana observa con atención si esta nueva administración será capaz de romper con ese patrón de burocracia y abandono.
El reto es monumental. No se trata solo de enviar víveres o restituir carreteras, sino de reconstruir la confianza. Cada emergencia natural pone a prueba el verdadero compromiso de un gobierno con su población. Y en ese sentido, Sheinbaum enfrenta su primer gran examen político y moral… Tendrá que demostrar que la “Cuarta Transformación” no se limita a discursos, sino que también significa eficiencia, empatía y resultados tangibles en los momentos más difíciles.
Hay que decirlo con claridad. Los desastres naturales en México no son solo obra del destino. Son el reflejo de décadas de omisiones en materia de infraestructura hidráulica, de planeación urbana deficiente y de corrupción en la asignación de recursos para protección civil. No es casualidad que las zonas más afectadas vuelvan a ser las mismas de siempre… Las más pobres, las más olvidadas, las que solo aparecen en los titulares cuando la tragedia se impone.
Si la Presidenta Sheinbaum logra capitalizar este momento —no políticamente, sino institucionalmente—, podría marcar un punto de inflexión en la forma en que el Estado Mexicano responde ante la emergencia. Pero si se repite la historia de promesas incumplidas y ayuda tardía, el costo político será enorme. La gente ya no se conforma con discursos… Exige presencia, eficacia y transparencia.
México enfrenta una nueva realidad climática. Las lluvias ya no son estacionales. Las comunidades ya no pueden depender de la suerte, sino de sistemas de prevención sólidos. La reconstrucción que viene debe incluir no solo viviendas y caminos, sino también un rediseño integral de cómo el país se prepara para enfrentar sus vulnerabilidades.
Por ahora, la Presidenta ha dicho que “nadie se quedará sin ayuda”. Veremos si sus palabras logran resistir, como las comunidades afectadas, el peso del agua… y del tiempo.





