
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
El Partido Acción Nacional intenta un “relanzamiento” que suena más a nostalgia que a renovación.
El pasado fin de semana, en el Frontón México, en la capital del país, su dirigente nacional Jorge Romero presentó el nuevo lema panista —Patria, Familia y Libertad— y proclamó con entusiasmo: “No somos la única, pero sí la principal fuerza opositora del país”.
Híjole… La frase busca proyectar orgullo, pero omite el contexto… El Partido Acción Nacional atraviesa uno de los momentos más críticos en sus 86 años de historia.
No se trata de una persecución política ni de una derrota aislada, sino de una pérdida de rumbo.
El PAN que alguna vez se nutrió de la lucha por la democracia —en los años ochenta, enfrentando el fraude electoral y construyendo instituciones— hoy parece haberla olvidado.
Aquella fuerza que ayudó a oxigenar el sistema político mexicano se volvió rehén de la inercia, del cálculo electoral y de la soberbia.
Gobernó, pero no transformó; ganó elecciones, pero perdió principios.
Durante los doce años que ocupó la Presidencia de la República, el panismo no supo administrar la alternancia. Vicente Fox convirtió el poder en espectáculo; Felipe Calderón, en cruzada. En lugar de desmontar los viejos vicios priistas, los adaptaron.
La oportunidad histórica de rediseñar un Estado democrático se disolvió entre frivolidades, guerra y clientelismo. Y así, cuando los votantes castigaron al PAN en 2012, 2018 y 2024, el partido prefirió culpar al “populismo” antes que mirarse al espejo.
El actual “relanzamiento” no parte de la autocrítica, sino del maquillaje.
Hubo videos, luces, discursos y un logo rediseñado. Pero bajo la superficie, parece no haber cambios. En lugar de volver a la democracia como principio vital, el PAN se arrincona en lo ideológico y lo moral.
Habla de “Patria” y “Familia”, pero no de desigualdad, pobreza, feminismo o derechos.
Defiende instituciones como el INE con fervor casi religioso, sin reconocer que esas mismas instituciones requieren renovación.
Se proclama heredero de la transición democrática, pero ya no representa la pluralidad ni el espíritu ciudadano que alguna vez encarnó.
Más preocupante aún… El panismo actual coquetea con el extremismo, con una derecha ruidosa, reactiva, incapaz de dialogar con un México que cambió.
Las nuevas generaciones no se reconocen en un discurso anclado en los valores de 1940. La política se volvió un campo que el PAN observa desde la grada, sin propuesta social ni narrativa fresca. De ser un partido de acción, se convirtió en un partido de reacción.
Y mientras el blanquiazul presume refundarse, en los estados continúa atrapado en su propia contradicción.
En Nuevo León, por ejemplo, la alianza con el PRI sigue viva, a pesar de los anuncios de ruptura a nivel nacional.
Santiago Taboada, secretario de Acción Política, tuvo que aclarar que la decisión sobre coaliciones para 2027 corresponde al Comité Ejecutivo Nacional. Es decir, ni siquiera el PAN sabe con quién va a caminar.
Algunos líderes locales insisten en mantener la sociedad con el priismo, incluso ven en Adrián de la Garza, actual Alcalde de Monterrey, una carta viable para la Gubernatura.
¿Es eso una refundación o una refundición?
El panismo de Carlos Castillo Peraza advertía que un partido sin autocrítica se condena a remover estiércol cada seis años. Para relanzarse, decía, hay que saber pedir perdón. Hoy esa frase resuena más vigente que nunca.
Si Acción Nacional quiere volver a ser opción y no simple escombro de la alternancia, necesita más que un lema o un logo: necesita humildad, memoria y un proyecto que hable del país real.
Porque un partido que olvida su historia, niega sus errores y teme renovarse, no renace… Se entierra.





