
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
El sábado 15 de noviembre marcó un punto de inflexión para el gobierno federal.
A lo largo del país se vivió la primera gran movilización opositora que enfrenta la Presidenta Claudia Sheinbaum, apenas dos semanas después del asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo… el crimen que ya representa un antes y un después en lo que va del sexenio.
Y lo que resulta más significativo es quién tomó las calles por primera vez como grupo articulado… Fue la llamada Generación Z, que está conformada por jóvenes de entre 13 y 28 años de edad, quienes han crecido con el internet, formados en la cultura de lo inmediato, lo horizontal y lo transparente.
Lo que se vio el sábado fue precisamente eso… Una generación que no espera permiso de nadie para expresarse.
Que si eran bots, que si acarreados, que si la derecha organizada…
La realidad es que, en ciudades como Monterrey, la marcha convocada por jóvenes puede ser considerada como un éxito para la ciudadanía, pese —o quizá gracias— a la descalificación diaria desde la conferencia mañanera. Contra la narrativa oficial, lo que menos abundó fueron políticos o estructuras partidistas. Lo que sí estuvo presente fue el hartazgo frente a la inseguridad, la narcoviolencia y la inacción del Estado.
La protesta nacional encabezada por jóvenes exhibió el desgaste temprano del gobierno y abrió una grieta en la narrativa oficial de estabilidad.
Fue una manifestación pacífica en gran parte del país. Sin embargo, en la Ciudad de México, el desenlace contó otra historia.
La marcha, que inició con civilidad, consignas y argumentos, terminó contaminada por violencia, infiltrados y enfrentamientos que dejaron más de 120 heridos y 40 detenidos frente a Palacio Nacional. Los choques entre policías y el llamado “bloque negro” se convirtieron en el foco mediático, desplazando el reclamo original de los jóvenes.
Aquí surgió el choque de narrativas.
Para el gobierno de la 4T, los disturbios fueron “una profecía autocumplida”… vandalismo inevitable que justificaba el muro de hierro erigido desde temprano. Para los organizadores, en cambio, fue una marcha secuestrada por provocadores, que incluso pudieron haber sido enviados por el mismo gobierno, y que desviaron lo que había comenzado como protesta pacífica.
¿Quién ganó con esto último? Absolutamente nadie.
La policía fue criticada por posible uso excesivo de la fuerza. La Generación Z y el Movimiento del Sombrero cargan ahora con la sospecha de tener “elementos violentos” entre sus filas. Y tanto el gobierno federal como el capitalino proyectaron una imagen de ingobernabilidad a nivel internacional.
La Presidenta Claudia Sheinbaum enfrentó su primera prueba de calle… y la calle respondió con contundencia. Los gritos de “¡Fuera Morena!” y “¡Fuera Claudia!” retumbaron en la plancha del Zócalo.
Los jóvenes anunciaron que la marcha se repetirá el 20 de noviembre… Y al mismo tiempo, la Presidenta aseguró que en México “gobierno y pueblo son invencibles” y que “no existe un divorcio”.
Claudia Sheinbaum llegó al poder con una popularidad histórica después de las elecciones de 2024. Durante su primer año de gobierno, esa aprobación se mantuvo firme.
Pero en tan sólo dos semanas, desde el asesinato del alcalde de Uruapan hasta la marcha de la Generación Z, esa popularidad ha mostrado una evidente caída… una grieta en la narrativa de estabilidad que el gobierno ha tratado de proyectar.
El país está enviando señales claras. El gobierno todavía está a tiempo de escucharlas.





