
Pedro Ocañas para Pan y Circo
En México existen dos países: el que viven los mexicanos y el que viven los políticos.
No están separados por fronteras geográficas ni por diferencias culturales, sino por la distancia abismal entre la realidad cotidiana de la ciudadanía y la narrativa artificial que construyen quienes gobiernan.
Mientras los ciudadanos habitan un México de rutinas tensas, salarios que no alcanzan y servicios públicos que se deterioran más cada día, los políticos viven un México paralelo maquillado con cifras acomodadas a su conveniencia, saturado de discursos triunfalistas y promesas que caducan antes de cumplirse.
El mexicano común amanece cada día con la preocupación de llegar a tiempo a su trabajo, pero antes tiene que sortear el problema del trasporte colapsado, el tráfico interminable y calles saturadas de vehículos.
Para millones de familias la vida se vuelve un ejercicio de resistencia: estirar el presupuesto, cruzar la ciudad entre el tráfico y las calles llenas de baches, cuidar su entorno cuando el Estado no lo hace y sobrevivir cuando la violencia amenaza con instalarse en su territorio.
En contraste, los políticos viven en un México en donde las carreteras “funcionan y son seguras”, el transporte “mejora”, la economía “avanza” y la seguridad “se fortalece”. Las crisis se manejan con conferencias y NO con soluciones.
Los gobiernos NO construyen su agenda en función del ciudadano, sino del cálculo electoral. Es un país donde las tragedias se reducen a cifras y el dolor social se convierte en narrativa conveniente.
Entre ambos Méxicos hay un muro invisible, pero tan sólido como el concreto, algunos políticos rara vez cruzan al México real y, cuando lo hacen, lo visitan rápido, con filtros, con escoltas y escenarios controlados. Mientras tanto, los mexicanos cruzan a diario a un país de las filas interminables, la burocracia lenta, los servicios insuficientes y la sensación permanente de abandono.
Quienes nos gobiernan no sólo NO visitan al ciudadano común; tampoco recorren las dependencias encargadas de prestar servicios públicos para entender qué falta, qué falla y por qué la atención no es la adecuada.
Esta realidad no es nueva. Los políticos visitan el México real únicamente en temporada electoral, con recorridos programados y escoltados; después regresan a su burbuja, un espacio en donde la vida no aprieta, la urgencia no existe y el reloj corre distinto.
El México político es el de los informes que presumen avances que la gente no ve; el de las
inauguraciones a medias; el de los proyectos anunciados tres veces y las soluciones recicladas que se presentan como grandes triunfos.
Mientras tanto la gente ya no vive con esperanza, sino con paciencia. Y la paciencia –como todo–también tiene fecha de caducidad.
Tal vez México no necesita más discursos ni más cifras maquilladas, sino un puente real para cruzar ese muro invisible que separa a los gobernantes de los gobernados. Porque mientras existan dos Méxicos, no habrá salida: uno seguirá ocultando la realidad, y el otro seguirá sobreviviendo en ella.





