
Pedro Ocañas para Pan y Circo
Para este 2026 el Gobierno federal tiene proyectado destinar 987 mil 160 millones de pesos en sus programas sociales, dígase dádivas. Una cantidad histórica, récord, según el Presupuesto de Egresos de la Federación.
México no es un país pobre por falta de dinero. Es pobre por la forma en que decidió gastar su dinero.
Nunca antes se había gastado tanto dinero en los programas sociales, y nunca había sido tan evidente la incapacidad del Estado para sacar a millones de personas de la miseria.
El Gobierno presume cifras récord de apoyos, tarjetas y transferencias, como si dándoles dinero van a salir de pobres. La pobreza sólo se combate con empleos y trabajo, y no con dádivas.
Los apoyos que se reparten son para sobrevivir no para progresar. El mensaje es muy claro alcanza para medio comer un mes, pero no para salir del hoyo en el que algunos se encuentran.
Las ayudas no están diseñadas para romper el ciclo de la pobreza, porque de ser así implicaría
exigir resultados, evaluar impactos y asumir costos políticos.
Crear empleos, mejorar la educación, fortalecer el sistema de salud y apostar a la productividad es más complicado que repartir efectivo, y más en temporada electoral como la que está en puerta.
Lo que menos le conviene al gobierno es que la clase más vulnerable prospere. Porque los pobres
también son el mejor “As” en la baraja política.
¿O acaso existe una dependencia que mida cuántos mexicanos han salido realmente de la pobreza gracias a estas dádivas?
Dádivas que en ocasiones terminan gastándose en medicamentos que el sistema de salud no les
proporcionó.
¿Qué haría la 4T sin los pobres? O ¿qué haría si la gente dejara de depender de los apoyos del
gobierno?
Claro que es bueno contar con dinero para la alimentación, la educación y la salud. Si se puede, también para divertirse.
Lo que no es bueno es condenar a millones a vivir de la limosna oficial, mientras el país sigue sin generar riqueza, empleo, ni futuro.
Un gobierno paternalista trata a los ciudadanos como dependientes no como agentes de progreso, los llena de ayudas, pero no genera desarrollo real.
La obligación de un gobierno no es solo aliviar la pobreza con apoyos temporales, sino combatirla con políticas estructurales que generen oportunidades reales. Su misión debe ser: formar ciudadanos capaces de competir, producir y prosperar.
Un gobierno que aspira al crecimiento de su gente, promueve la igualdad de oportunidades, no la dependencia permanente.
Gobernar no es repartir dinero. Gobernar es crear condiciones para que la gente no lo necesite.





