
Pedro Ocañas para Pan y Circo
Afuera de las clínicas y hospitales del IMSS obra el sufrimiento que nadie ve. Cada noche y cada madrugada, decenas de familias convierten la banqueta en su sala de espera y el suelo en su colchón.
Mientras las luces interiores permanecen encendidas, los familiares de los pacientes son
desalojados de las instalaciones con frases frías y cortantes: “Ya no puede quedarse”, “Espere
afuera”, “Le avisamos”.
Y afuera hay hambre, cala el frío, cae la lluvia y se acumula la desesperación con largas horas de espera.
Madres, esposos, esposas, hermanos e hijos permanecen a la intemperie, algunos de ellos con el estómago vacío, con días sin dormir y con ese miedo que se les clava en la garganta con un nudo que no se desata.
Decenas de familias convierten la banqueta en su cama, duermen entre cartones, cobijas viejas, mochilas como almohada y la espera como único abrigo.
Otros tratan de dormir dentro de sus vehículos, si es que tienen, para resguardarse, aunque sea un poco, de las inclemencias del tiempo.
No están ahí por gusto. Están ahí porque un ser querido está adentro luchando por su vida.
Pero para el sistema todo pareciera no importar, los sacan de la clínica como si el dolor no necesitara techo. Como si la angustia no necesitara respuestas.
Mientras los funcionarios presumen “mejoras en el sistema de salud”, hay familias que están
temblando afuera, rezando para que la puerta se abra con buenas noticias y no con una tragedia. Esto también es mala atención, porque el enfermo entra al hospital, pero la familia entra al
infierno de la espera. No hay trato humano.
El gobierno habla de bienestar, pero los familiares de un paciente viven malestar. Hablan de progreso en donde sólo hay desesperación.
Y a esto se suma la insalubridad: los alrededores de las clínicas, en donde se atiende la salud, suelen estar sucios llenos de basura y malos olores, sin limpieza ni condiciones dignas.
A veces hay momentos de alivio, cuando algún ciudadano u organización llega con café, pan o algo de comida que calman el hambre. Grandes gestos que salvan una noche de frío y abandono.
Es cierto: las clínicas y hospitales tienen reglas de acompañamiento y visitas para garantizar el
orden.
También hay que considerar que en algunas áreas no se permite la presencia de familiares, pero son justamente estas personas las que terminan “viviendo” frente a las puertas de las
instituciones.
Este escenario refleja una realidad incómoda, las clínicas no cuentan con áreas acondicionadas
para que los acompañantes pasen la noche o esperen con dignidad.
La enfermedad no sólo se queda en la cama del hospital. También duerme en la banqueta.





