
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
¿Dólar débil, peso fuerte… o una ilusión peligrosa?
Durante meses se ha repetido una consigna casi triunfalista: el dólar se debilita y el peso mexicano se fortalece.
La narrativa resulta tentadora, sobre todo en un país históricamente acostumbrado a la depreciación cambiaria.
Sin embargo, una lectura más cuidadosa sugiere que no estamos frente a un peso particularmente sólido, sino ante un dólar que atraviesa un periodo de debilidad global, con implicaciones profundas —y riesgos no menores— para México.
El índice dólar, que mide el desempeño de la divisa estadounidense frente a otras monedas relevantes como el euro, ha mostrado señales claras de desgaste.
La apreciación simultánea de varias monedas no obedece a un repentino fortalecimiento estructural de sus economías, sino a la pérdida de atractivo del dólar como activo refugio.
Incluso los bancos centrales han reducido su exposición a la moneda estadounidense dentro de sus reservas internacionales.
El mensaje es claro: el dólar ya no ofrece la certidumbre de antes.
En ese contexto, el peso mexicano ha pasado de niveles cercanos a 18.70 pesos por dólar a rangos alrededor de 17.50 en cuestión de semanas.
¿Es esto una señal de fortaleza económica? No necesariamente.
Como han advertido diversos analistas, el peso se beneficia de un entorno financiero externo favorable —altas tasas reales, flujos de capital de corto plazo y debilidad del dólar— más que de fundamentos internos robustos.
Las implicaciones de este tipo de cambio son contradictorias.
Para los importadores, un peso apreciado abarata maquinaria, equipo e insumos, lo que en teoría debería incentivar inversión productiva. Para el consumidor, ciertos bienes importados se vuelven más accesibles. Pero el costo oculto recae en el sector exportador, especialmente en aquellas empresas que generan poco valor agregado y enfrentan costos locales en pesos.
En regiones como la zona metropolitana de Monterrey, donde buena parte de la industria factura en dólares pero paga nómina, energía y servicios en moneda nacional, la apreciación cambiaria comprime márgenes, distorsiona la planeación financiera y frena decisiones de inversión.
No se trata de un problema marginal: exportar más ya no implica necesariamente ganar más. El “súper peso” se convierte así en un impuesto silencioso a la competitividad.
A esto se suma la fragilidad fiscal. Un tipo de cambio persistentemente bajo reduce los ingresos públicos denominados en dólares y presiona las finanzas públicas. De mantenerse niveles cercanos a 17.25 pesos, el impacto presupuestario podría ser significativo en 2026. El riesgo es evidente: una economía que celebra un peso fuerte sin fortalecer su base productiva queda expuesta a cualquier giro abrupto del mercado.
Ese giro comenzó a insinuarse recientemente con un cambio político en Estados Unidos.
La nominación de Kevin Warsh por parte de Donald Trump para encabezar la Reserva Federal provocó un repunte inmediato del dólar —0.6% en un solo día— y una fuerte corrección en los precios del oro y la plata. El mercado interpretó la señal como un posible regreso a una política monetaria menos complaciente y más preocupada por la inflación.
El desplome fue contundente. Oro y plata, que habían alcanzado máximos históricos impulsados por tensiones geopolíticas y dudas sobre la independencia de la Fed, cayeron de forma abrupta.
Esto obliga a replantear una pregunta incómoda: ¿cuál es el valor real de estos metales? Más que activos con un precio “justo”, su comportamiento reciente confirma que funcionan como termómetros del miedo. Suben cuando el dólar pierde credibilidad; caen cuando ésta se restablece, aunque sea parcialmente.
Aquí conviene no caer en extremos.
Pensar que el dólar seguirá debilitándose indefinidamente es tan ingenuo como asumir que su hegemonía está garantizada.
La designación de Warsh no implica un giro ideológico radical, pero sí introduce un contrapeso a la narrativa de una Fed subordinada a la política. Eso, por sí solo, basta para fortalecer al dólar en el corto plazo y exhibir la vulnerabilidad de monedas —como el peso— que se han apreciado más por contexto que por mérito propio.
La conclusión es incómoda pero necesaria. El peso mexicano no es fuerte porque México sea hoy más productivo, más competitivo o más innovador. Es fuerte porque el dólar está débil. Y cuando esa debilidad se corrija, el ajuste puede ser brusco.
Celebrar el “súper peso” sin atender sus efectos colaterales y sin una estrategia económica clara no es una señal de confianza, sino de complacencia.
En economía, las ilusiones suelen ser caras.





