
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
México enfrenta hoy una realidad que hace apenas unos años parecía impensable.
Se trata del regreso del sarampión como problema de salud pública.
Más de 9 mil contagios acumulados en el país y cerca de 30 defunciones confirman que no se trata de un brote aislado, sino de una epidemia que exhibe con crudeza nuestras debilidades institucionales y sociales.
Chihuahua encendió las alertas a finales del año pasado con una alta incidencia; hoy es Jalisco el estado que concentra el mayor número de casos. La enfermedad se desplaza, pero el problema de fondo permanece.
El sarampión es una de las enfermedades más contagiosas que existen. Antes de la introducción masiva de la vacuna, causaba miles de muertes cada año en el mundo.
México logró prácticamente erradicarlo gracias a campañas de vacunación sostenidas y a una cultura de prevención que se consolidó durante décadas. Ese logro no fue casualidad: fue resultado de política pública, inversión y confianza ciudadana.
Por eso lo que hoy ocurre no puede verse como un accidente inevitable.
Estamos pagando las consecuencias de años de descuido en materia de vacunación y prevención. La interrupción de esquemas completos, los rezagos en la cobertura y la falta de seguimiento oportuno crearon un terreno fértil para el resurgimiento del virus.
A ello se suma la desinformación que, amplificada por redes sociales, ha sembrado dudas injustificadas sobre la seguridad de las vacunas.
El gobierno ha reaccionado reforzando la campaña de vacunación. En ciudades como Monterrey se ha observado una buena respuesta por parte de la comunidad: padres y madres acuden a los módulos, conscientes de que la mejor defensa sigue siendo la inmunización.
Sin embargo, la escena se repite con preocupante frecuencia: las vacunas se agotan rápidamente. La demanda supera la oferta en muchos puntos del país, lo que revela que el problema no es solo de voluntad ciudadana, sino también de planeación y abasto.
Es cierto que el sarampión no tiene los alcances ni la letalidad del covid-19. No vivimos una crisis hospitalaria generalizada ni confinamientos masivos. Pero minimizar el riesgo sería un error.
El sarampión puede provocar complicaciones graves, especialmente en menores de edad y personas con sistemas inmunológicos comprometidos. Cada una de las casi 30 defunciones registradas en la República Mexicana representa una tragedia evitable.
Más allá de las cifras, esta epidemia nos obliga a reflexionar sobre nuestra memoria colectiva.
En salud pública, el éxito suele ser invisible. Cuando las enfermedades desaparecen, tendemos a olvidar el esfuerzo que implicó erradicarlas. La paradoja es que el propio triunfo de la vacunación genera una falsa sensación de seguridad que, con el tiempo, erosiona la disciplina preventiva.
No podemos permitir que la negligencia administrativa ni la indiferencia social reviertan avances históricos.
La vacunación no es un asunto ideológico, sino un acto de responsabilidad comunitaria. Proteger a nuestros hijos implica también proteger a quienes, por razones médicas, no pueden vacunarse y dependen de la inmunidad colectiva.
La respuesta debe ser integral. Se requiere garantizar el suministro suficiente de biológicos, fortalecer las brigadas de vacunación en zonas rezagadas y recuperar la confianza pública mediante información clara y transparente. Pero también hace falta asumir una autocrítica: como sociedad, hemos bajado la guardia.
El sarampión nos recuerda que las enfermedades no desaparecen por decreto.
Si relajamos la vigilancia, regresan. Hoy tenemos la oportunidad de corregir el rumbo. No se trata de alarmismo, sino de prudencia. No vale la pena poner en riesgo la salud —e incluso la vida— de nuestra familia por descuido o desinformación.
La historia ya nos enseñó que la prevención funciona. Ignorarla sería, sencillamente, imperdonable.





