
Pedro Ocañas para Pan y Circo
Así está en México la aritmética del miedo. Desde el 2018 hasta el primer semestre del 2025, en siete años y medio, aproximadamente 256 mil 745 personas han sido asesinadas, según cifras del INEGI.
Con cifras de más de 36 mil homicidios anuales, en su punto más alto, el país parece haberse instalado en una meseta de violencia persistente.
Cada año más de 31 mil personas son asesinadas en México, según registros del INEGI, una cifra bastante alta; el mito de “ya bajó” contradice la narrativa con la realidad y dista mucho de lo que estamos viviendo al ver que la diferencia es mínima año con año desde el 2018.
La violencia no desapareció; se normalizó a niveles elevados. Mientras las autoridades intentan proyectar una percepción de mejora, los datos muestran que las cifras apenas se han movido al tiempo que la ciudadanía aprende a convivir con un entorno de riesgo.
En el 2018 se registraron 36 mil 685 homicidios, un promedio de 100 asesinatos diarios en el país, pero el pico más alto de que se tenga registro fue en el 2020, con 36 mil 773 víctimas, consolidando uno de los periodos más violentos de la historia reciente.
A partir del 2021 comenzó a observarse un descenso gradual -con 35 mil 700 casos- que, más que una caída significativa se presenta una estabilización a niveles todavía muy elevados.
La violencia que se vive en el país es por territorios. No todos los estados viven la misma realidad, ni todos los homicidios responden a las mismas causas. Mientras algunas regiones han logrado estabilizar sus niveles de seguridad, otras se han convertido en verdaderos epicentros de violencia.
Además, en estas zonas se observan variables como la presencia de grupos criminales, disputas territoriales, rutas estratégicas de tráfico, debilidad institucional local y la dinámica económica regional que favorecen la
expansión de actividades ilegales.
Tal es el caso del estado de Colima, el cuarto más pequeño del país, que en los últimos años ha encabezado las tasas de homicidio a nivel nacional.
La explicación no radica en su tamaño, sino en su posición estratégica: el puerto de Manzanillo es uno de los más importantes del Pacífico mexicano. El control de esta puerta logística ha convertido al estado en escenario de disputas entre organizaciones criminales.
En el último año, otros estados también han destacado por la intensidad de hechos violentos entre ellos Guanajuato, Michoacán, Guerrero, Sinaloa, Baja California, Estado de México y Chihuahua, donde la violencia responde a dinámicas regionales específicas y a la disputa de territorios clave.
Sin embargo, no todo el país es presa de la misma realidad. Existen estados en donde los índices de homicidios se mantienen considerablemente bajos. Tal es el caso de Yucatán en donde en el 2024 se cometieron un promedio de 3 homicidios por cada de 100 mil habitantes mientras que en Coahuila la tasa rondó 4, según cifras del INEGI.
Para ponerlo en contexto, el promedio nacional en ese mismo año se ubicó alrededor de 25 homicidios por cada 100 mil habitantes.
La conclusión es: México no vive una reducción sostenida de violencia, sino una redistribución geográfica del riesgo y la estadística se mantiene casi inmóvil.





