
PAN Y CIRCO – Opinión Editorial
La captura y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, ocurrida este domingo 22 de febrero de 2026 en el estado de Jalisco, representa el hecho de mayor trascendencia en el mundo criminal mexicano en las últimas décadas.
No se trata solamente de la caída de un capo… Es el golpe más contundente contra la organización delictiva que, en tiempo récord, logró expandirse territorialmente, penetrar estructuras políticas y empresariales, y consolidarse como el grupo más violento y sofisticado del país: el Cártel Jalisco Nueva Generación.
Es, sin duda, un éxito operativo del Gobierno de México y de las fuerzas armadas de nuestro país. También lo es de la cooperación bilateral con Estados Unidos, cuya participación en inteligencia fue reconocida públicamente en el comunicado oficial y reiterada en la conferencia mañanera del lunes 23. La presión estadounidense es más que evidente.
La narrativa cambió. Se acabaron los “abrazos” como estrategia… y el Estado mostró músculo.
Sin embargo, conviene separar la victoria táctica de la realidad estratégica.
Cuando cae un líder de esta magnitud, la organización no desaparece. Se fragmenta. Y cuando se fragmenta, inicia la disputa interna. La historia reciente del país lo demuestra: la captura de capos no extingue a los cárteles, los transforma en células más pequeñas, más impredecibles y, muchas veces, más violentas.
Las reacciones no se hicieron esperar. Desde temprana hora del domingo se registraron bloqueos carreteros en varios puntos del país. Este lunes se suspendieron clases y actividades productivas en algunas ciudades. La economía local resintió, aunque sea de manera momentánea, el impacto del operativo. Cada día de cierre representa pérdidas millonarias para pequeños y medianos negocios.
La seguridad no es solo un tema de orden público… Es condición indispensable para la actividad económica.
A ello se suma un fenómeno que ya forma parte del nuevo rostro del conflicto: la desinformación digital. Imágenes generadas por inteligencia artificial, rumores amplificados por bots y versiones no verificadas —como lo ocurrido en torno al aeropuerto de Guadalajara— generaron psicosis colectiva. El crimen organizado no solo disputa territorios físicos; también disputa la narrativa.
En los mercados, la incertidumbre también pesa. Este lunes los inversionistas reaccionaron con cautela. El tipo de cambio y la Bolsa Mexicana de Valores reflejan que cualquier escalada de violencia puede alterar la percepción de riesgo país.
México necesita estabilidad para atraer capital, más aún en un contexto de relocalización de empresas y de cara a eventos internacionales como el Mundial de 2026, donde Jalisco será sede. La imagen internacional importa, y mucho.
En el corto plazo, es previsible un aumento de tensiones internas dentro del CJNG. La pregunta clave es si el Estado mexicano está preparado para contener la fragmentación. La experiencia sugiere que los periodos posteriores a la caída de un líder suelen estar marcados por disputas por el control territorial, ajustes de cuentas y demostraciones de fuerza.
En el mediano plazo, el verdadero desafío no será la ausencia de “El Mencho”, sino la capacidad institucional para impedir que surja un nuevo liderazgo con la misma o mayor capacidad operativa. La lucha contra el crimen organizado no puede depender exclusivamente de capturas espectaculares. Requiere fortalecimiento de policías locales, inteligencia financiera, combate frontal a la corrupción y reconstrucción del tejido social.
La eliminación de Nemesio Oseguera es, sin duda, un parteaguas. Representa un mensaje claro: el Estado puede actuar y puede ganar. Pero también abre una etapa de incertidumbre. El éxito de hoy podría convertirse en la antesala de una nueva ola de violencia si no se gestiona con visión de Estado.
Celebrar el golpe es legítimo. Confiar en que el problema está resuelto sería un grave error.





