
Pedro Ocañas para Pan y Circo
El juramento y las obligaciones de un gobernante forman parte esencial del ejercicio de poder en una democracia.
No son solo un acto solemne: representan un compromiso público con la ley, las instituciones y la ciudadanía.
Cada vez que un gobernante asume el poder levanta la mano, pronuncia unas palabras solemnes y prometen cumplir la ley. Es uno de los rituales más antiguos de la política.
En México, ese compromiso está escrito con claridad en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
“Guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes que de ella emanen”. No es un acto protocolario. Es la condición misma para ejercer el poder.
Sin embargo, la historia política demuestra que muchos gobernantes se aprenden el juramento el día de su toma de protesta… y lo olvidan al día siguiente.
Lo olvidan cuando utilizan el poder para dividir en lugar de gobernar.
Lo olvidan cuando las instituciones se convierten en herramientas de poder y no en contrapesos.
Lo olvidan cuando la ley se aplica con rigor a los adversarios y con inteligencia a los aliados.
Cuando el juramento deja de ser un compromiso del gobernante y se convierte en una formalidad vacía comienza a deteriorarse la democracia.
El poder no se define por quien gana la elección, sino por la manera en que gobierna. Porque gobernar no es vivir celebrando una victoria es administrar un mandato de manera temporal bajo reglas que obligan a todos los ciudadanos empezando por quien ocupa el cargo.
Cuando el gobernante olvida su juramento, no solo traiciona una promesa personal. Debilita el principio fundamental que sostiene a la democracia: que nadie está por encima de la ley.
Además, un gobernante tiene deberes fundamentales: gobernar para todos, no solo para sus seguidores, administrar los recursos públicos, respetar el estado de derecho, garantizar derechos y libertades y rendir cuentas.
El juramento también tiene una dimensión moral: implica prudencia, responsabilidad y sentido de servicio.
Cuando el gobernante traiciona este compromiso, no solo está fallando políticamente, sino que está rompiendo el pacto de confianza con la sociedad.
El artículo 87 no deja espacio para interpretaciones. Quien llega al poder promete servir a la nación y respetar la Constitución.
Pero la frase más poderosa es también la más incómoda: “si así no lo hiciere que la Nación me lo demande.”
Tal vez el problema de nuestra política no es que los gobernantes no juren. El problema es que casi nadie les exige que cumplan.




