
El primer paciente que atendí dentro de un centro de rehabilitación tenía apenas 23 años. Era adicto al cristal, padre de tres hijos y hermano mayor de una familia marcada por las carencias. Entró a consulta convencido de que estaba ahí por un error.
Decía que podía controlar el consumo, que sus padres exageraban, que él no era como “los otros”. Mientras hablaba, mantenía una sonrisa incómoda, esa que muchas personas usan para esconder la vergüenza. A simple vista parecía un joven más, pero bastaban unos minutos para notar el cansancio profundo que cargaba en los ojos.
Comenzó contando historias de la secundaria. Al principio pensé que hablaría de burlas comunes o apodos crueles, cosas tristemente frecuentes entre adolescentes. Pero conforme avanzó, entendí que aquello no había sido bullying: había sido violencia. Me contó que durante el receso se escondía en el baño para evitar a sus compañeros, aunque muchas veces eso tampoco servía. Uno por uno entraban para sumergirle la cara en la taza del sanitario mientras se reían. Le robaban el lonche, le quitaban el dinero del camión y lo dejaban solo, humillado, mojado y llorando en silencio para que nadie escuchara.
Después de eso tenía que regresar caminando a casa. Sin comer. Con miedo. Con la ropa sucia. Y aun así, lo peor apenas comenzaba. Era el hermano mayor y había aprendido demasiado pronto que en una familia pobre no siempre hay espacio para quejarse. Nunca quiso preocupar a su mamá. Mucho menos dejar de ser el héroe de sus hermanos pequeños, esos que todavía lo miraban con admiración. Así que guardó silencio. Aguantó golpes, humillaciones y tristeza durante años, como si el dolor fuera parte normal de crecer.
Mientras lo escuchaba, entendí algo que muchas veces la sociedad no quiere aceptar: nadie llega a una droga queriendo destruir su vida. A veces las personas solo buscan dejar de sufrir un momento.
En su caso, el alivio apareció primero en forma de un cigarro de marihuana. Después llegó el cristal. Me dijo que podía comprar una piedra de quince pesos afuera de la secundaria. Quince pesos costaba anestesiar el miedo. Quince pesos costaba apagar la angustia que sentía todos los días antes del recreo.
Con el tiempo, la droga hizo lo suyo. No solo lo volvió adicto; también le arrancó la voluntad. Huyó de casa con una novia que también consumía. Formaron una familia mientras se hundían juntos. Cuando sus padres finalmente lo encontraron viviendo en una casa abandonada, convertido prácticamente en indigente, ella esperaba ya a su tercer hijo. Él estaba irreconocible: más delgado, más triste, más roto. Hay adicciones que destruyen el cuerpo rápidamente, pero antes de eso ya destruyeron la esperanza.
Al terminar aquella primera sesión guardó silencio unos segundos. Luego me miró y preguntó algo que todavía recuerdo con claridad: “¿Por qué Dios me quiere ver sufrir?”. Hay preguntas para las que ninguna teoría psicológica alcanza. En ese momento entendí que muchas veces el terapeuta no está ahí para tener respuestas perfectas, sino para soportar junto al otro el peso de una historia que duele demasiado.
Desde afuera, el cristal es solo una droga devastadora. Y lo es. Destruye familias, cuerpos y futuros. Pero dentro de aquel consultorio entendí otra cosa: para él, el cristal también había sido la única forma que encontró para seguir viviendo en un mundo que llevaba años haciéndolo sentir menos que humano.
Y quizá ahí es donde la sociedad sigue fallando. Nos escandaliza la adicción, pero seguimos ignorando las heridas que muchas veces la originan. Porque nadie se fuma una piedra soñando con perderlo todo; a veces, simplemente, ya sienten que lo perdieron desde hace mucho tiempo.
“No juzgues lo que no entiendes; a veces, lo que tú llamas ‘vicio’, es en realidad una herida que aún no cierra.”
Soy Daniela Montalvo.
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